Que dimita alguien… pero que no sea yo

Podría parecer una buena costumbre, propia de una sociedad democrática, culta y madura, la exigencia inmediata de responsabilidades ante cualquier acontecimiento fuera de lo normal que acontece en su entorno. Los ciudadanos eligen libremente -más o menos- a unos representantes para que gestionen los asuntos públicos con rigor y eficacia, por lo que están en su perfecto derecho de buscar culpables cuando las cosas no salen como estaba previsto o como ellos esperaban. La cuestión es acertar a discernir en qué situaciones y momentos hay que abrir ese melón, cuándo es de verdad necesario reclamar que rueden cabezas, no sea que acabe pasando como ahora, donde primero se dispara, luego se apunta y por último se comprueba si en efecto uno está en un coto de caza o en mitad de un gran centro comercial. Si el parte meteorológico (ese que muchos no consultan cuando pisan la calle con sandalias a las ocho de la mañana de una día nublado de mediados de octubre) te anuncia que va a caer una nevada histórica y te aconseja, casi te suplica, que no salgas en coche y no tomes la carretera de Burgos, no te pongas luego como una fiera porque el quitanieves tarde más de la cuenta o porque a mi niño no le llevaron una manta hasta pasadas dos horas, ¡dos horas!, con el frío que hace ahí fuera y sin que a nadie se le ocurriera prepararle un ColaCao bien calentito. No busques culpables cuando el más burro de todos eres tú. No te encares con el socorrista porque el socorrista no tiene por qué arriesgar su vida para salvar la de un bobo que no hace caso de la bandera roja y que como es más chulo que un ocho se mete mar adentro aunque luego no tenga forma de salir. Y si te quedas atrapado en la montaña porque de escalada sabes menos que yo de Física cuántica (y de la que no es cuántica) no vayas luego lanzando descalificaciones contra la Guardia Civil por retrasarse en tu rescate cuando lo que deberías hacer es pegarte unos buenos cabezazos contra la pared (de la montaña) primero como castigo por ser tan idiota y luego para ver si así aprendes. Exigimos dimisiones, clamaba esta semana un grupo de jóvenes -cargado de ideología y desprovisto de sentido común- ante la puerta del colegio mayor Galileo Galilei, el de la fiesta en la azotea, los contagios masivos y la posterior suspensión de clases presenciales en la Universidad. ¿Que dimita alguien? Pues vale, que dimitan los estudiantes que acudieron irresponsablemente a la fiesta conociendo los riesgos y sin importarles lo más mínimo las consecuencias. ¿O es que la culpa siempre la tiene que tener otro en lugar de asumir uno mismo sus errores?

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