Mi mejor mitad

Me disculparan, pero voy a cambiar de conversación. No porque me parezca agotado el tema del sin Dios que nos envuelve, más bien porque incluso debajo del ojo de los huracanes la naturaleza sigue su curso y, bajo este huracán de la peste china, el milagro no iba a ser menor. Además del sufrimiento, indignación, vergüenza ajena y miedo que parecen inundarlo todo, nosotros estamos ahí, y cuando digo nosotros me refiero a nosotros, a las personas que no tenemos más que una, sólo una, oportunidad universal de existir y que vemos cómo se nos pasa la vida sin que nadie de arriba, y cuando digo nadie me refiero a nadie, absolutamente nadie, tenga presente que ser felices es nuestro único objetivo. ¿Y si también nosotros hablásemos sólo de nuestras cosas como hacen quienes nos gobiernan?

Quiero pararme un segundo, sí, pararme, y decir, sin ánimo de ofender, que el amor es un quedarse, y que, en este tiempo de zozobra y desinfección, nos falta dar las gracias a quienes nos quieren y siempre están, les incomodaría ser aplaudidos desde el balcón: a nuestros padres, hermanos, hijos, amigos o parejas, que sin necesidad de proclamar la república convierten en revolucionario el simple acto de permanecer a nuestro lado. La propaganda moderna nos ha convencido de que la felicidad crece gracias al cambio continuo, de coche, de televisión, de ropa…, de que la moda es la norma y el estrés un acicate para no envejecer, pero no es verdad; si la silla de la cocina, la tarjeta de crédito, el espejo del baño, la cola de la farmacia o el otro lado de la mesa contaran lo que saben de hacerse compañía en silencio, las series de televisión se sonrojarían por mentirosas. Amar no es un irse constante, sino un quedarse sostenido.

En la exposición sobre el centenario de Miguel Delibes organizada por la Biblioteca Nacional, se puede ver el retrato de su mujer Ángeles de Castro, vestida de rojo sobre fondo gris, que el escritor escondió debajo de la cama cuando quedó viudo. No podía encontrársela y vivir sin llorar, pero necesitaba su compañía. Delibes la llamaba «mi mejor mitad». Menciono al autor de ‘Señora de rojo sobre fondo gris’, aunque podría decir todos los nombres ya que todos tenemos quien a nuestro costado hace el prodigo de transformar la soledad en vida cotidiana. La pasión, la ausencia, los celos…, sí, todo eso forma parte del amor, pero sólo parte, porque el amor necesita ocupar su espacio diario para ser luz, para ser sombra. Nadie está incompleto a solas, pero amar nos duplica. Ya está, lo he dicho, ahora si quieren seguimos con lo del rey.

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