Desflorar napias

Acuñaron lo de «nueva normalidad» porque hace tiempo que nos instalaron en la papanatada del eufemismo que suaviza la cruda realidad. La nueva normalidad es un verdadero asco que nos mantiene al ralentí o en fase de eterno coitus interruptus. Sí pero no. Sólo la puntita. Cuidadín con los horarios y las reuniones. La distancia, guárdeme usted la distancia que se ha propasado un milímetro, caballero. No se salga de la cola, no me deje usted el carro de la compra así a lo loco que me descuadra la cola. Estos son algunos rasgos de la apestosa realidad que nos ha tocado vivir. Nos riñe el policía, el taxista, la vecina, la dependienta, el cajero, el del banco, la estanquera de Vallecas o de Ruzafa. Salimos a la calle con pose de colegial díscolo que asume la broncas recibidas por su despistada cabeza y sus inevitables travesuras. Cuando nadie me suelta un sermón a lo largo del día me apalanco sobre el sofá y suelto un bufido como el de un superviviente de la batalla del Somme. Y la bandera que simboliza esta nueva normalidad de malas caras y sospechosos habituales viene, creo yo, con ese palitronchi esbelto coronado por una pequeña torunda de algodón o similar que bucea al fondo de nuestras gargantas y napias. El palitronchi recoge nuestras íntimas porquerías antes de sumergirse en la cápsula de plástico. Dos veces me lo han enchufado. La primera, cercado por una neumonía que me anestesiaba, no padecí demasiado. La segunda, gozoso de salud, me fastidió las fosas nasales porque sentir esa saeta provocaba un rechazo inmediato y aquello costó. «Así no puedo, oiga», masculló la amable enfermera. «Es que me duele…», respondí evidenciando mi natural cobardía. Al final sí se pudo, pero es ver un palitronchi de esos por la tele y cambiar rápido de canal. Recordaré la nueva normalidad por el desfloramiento de nariz.

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