Afrancesados

¿Y por qué no? Visto el panorama que tenemos en este nuestro suelo patrio, examinada la historia y valorando el porfolio de valores que tiene el país vecino y las carencias de esos mismos valores que padecemos nosotros, a estas alturas no es un disparate pensar que habernos dejado ganar la batalla de Bailén hubiera sido gran ventaja. Es cierto que fuimos invadidos por las tropas francesas y que la reacción de los españoles se correspondió con la vesania de los invasores a quienes dimos una soberana lección. Pero especulando desde la nostalgia de los avances de la Revolución francesa para sentar las bases de la modernidad, lo cierto es que ese tamiz ilustrado nos hubiera dejado en el pelotón de los mejores y no hubiéramos tenido que volver a la cola de Europa de la mano de Fernando VII y su hija Isabel II.

La reflexión aludida, en esta ocasión, se nos ha presentado porque como ya saben nuestros lectores, el tema de los toros lo tratamos con toda la ilusión y la emoción que sugiere el arte de la lidia, y más ahora que está siendo atacado con ignorante vileza. Y en estos días en los que el complejo sistema administrativo que nos hemos fabricado los españoles -¿o los que habitamos en Iberia no somos todos españoles?-, estamos viendo con meridiana claridad las diferencias que existen entre nuestros vecinos franceses y nosotros tomando como referencia las exitosas ferias de Arles y Nimes que acaban de celebrarse.

Mientras ellos han conseguido crear una afición entendida y exigente, dejando total libertad creativa a quienes se arriesgan a ser empresarios, aquí se le confía todo a una suerte de intervencionismo tan rancio que huele a obsceno. Aquí el empresario, que es quien responde ante el público, a las doce del día deja de ser quien manda en el festejo. A partir de ahí veterinarios y policía, deciden cómo debe producirse algo que cuesta millones y que ellos, no exponen ni un alamar. Así que, ¿debemos, o no, recordar aquella ocasión perdida?

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