Mas y el menguante ajuar pujolista

Artur Mas sería un digno dirigente del Partido Revolucionario Institucional mexicano, apuntan fuentes de la antigua Convergència. Su trayectoria política ha sido una permanente huida hacia adelante para salvar el poder. Y aunque en cada colada haya perdido algunas piezas del ajuar que heredó del pujolismo, ha conseguido que durante todo el procés la presidencia de la Generalitat de Cataluña haya estado en manos del espacio convergente: él mismo, Carles Puigdemont y Quim Torra. El pasado día 14 hizo una comparecencia pública en la que anunció que continuaría militando en el PDeCAT, que él fundó en 2016, pero a renglón seguido hizo votos para llegar a una entente electoral con Junts per Catalunya, el nuevo partido de Puigdemont.

Las formaciones que lideran David Bonvehí y Carles Puigdemont, respectivamente, andan a la greña. El PDeCAT acusa a Junts per Catalunya de utilizar unilateralmente esas siglas últimas, bajo las que ambos concurrieron a las elecciones en 2017, por lo que ha recurrido a los tribunales. Artur Mas trata de salvar ese descosido y reeditar la fórmula que hace tres años permitió a los posconvergentes arrebatar la presidencia de la Generalitat a ERC por 12.000 votos. “Siento propio el espacio de Junts, pero me quedo en el PDeCAT”, dijo el pasado lunes Mas, quien afirmó que no se siente “responsable del lugar donde estamos ahora”.

Desde el independentismo, hay quien asegura que en la decisión del expresident pesa su voluntad de no dejar cabos sueltos para evitar salpicaduras del caso 3% de corrupción, en el que están procesadas 32 personas, entre ellos cuatro responsables de la vieja Convergència. De hecho, Mas ha reiterado su intención de no ir en ninguna lista y de no tener protagonismo en el partido.

La dinámica endiablada del procés —impulsada por el propio Mas desde la presidencia y que ha acabado devorándolo— requiere buenos reflejos para salvar el poder. El expresident ha reiterado a TV3 y RAC1 —a este diario no le concede entrevistas desde 2009— que es preciso trabajar “para forjar una mayoría sólida que sea inapelable; para tener aliados exteriores sólidos y para unir al independentismo”. Ese mantra ha sido el guion-base que Mas ha exhibido siempre para salvar los muebles. Cuando en 2012 comenzaron a soplar vientos a favor de la independencia y tras la entrevista en La Moncloa en la que planteó a Mariano Rajoy el llamado pacto fiscal, Mas convocó elecciones en las que CDC —ya en solitario tras la ruptura con Unió— perdió 12 diputados, pasando de 62 a 50 escaños en la Cámara catalana. Logró, no obstante, el apoyo de ERC a su investidura y sumó 72 votos. El 9 de noviembre de 2014 impulsó la consulta independentista.

En 2015, en coalición con Esquerra —Junts pel Sí—, obtuvo 62 escaños, los mismos que en 2009 bajo las siglas CiU. Mas iba de número cuatro por Barcelona pero iba a ser presidente. Su victoria consistió en arrastrar a los republicanos a una candidatura conjunta para mantenerse a flote cuando más arreciaban las acusaciones de corrupción contra Convergència. Planteó los comicios —en los que el independentismo logró el 47,8% de los votos— como plebiscitarios. La operación no salió bien para Mas, a quien la CUP se negó a investir. Tuvo que ceder paso a Carles Puigdemont.

El poder, no obstante, seguía en casa. Y el procés se aceleraba con el programa pactado entre Mas y Oriol Junqueras: independencia en 18 meses, leyes de desconexión, reconocimiento internacional del nuevo Estado… La realidad fue: referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017; proclamación simbólica de la república catalana —con la bandera española ondeando en la Generalitat—; aplicación del artículo 155 en Cataluña y juicio y posterior prisión para los líderes independentistas.

Tras la renuncia a presidir la Generalitat, Mas impulsó en 2016 el PDeCAT. Se trataba de pasar página de la vieja y corrupta Convergència. En palabras del expresident, “hacía falta un instrumento nuevo y gente nueva dirigiéndolo”. Ahora, en TV3 el expresident ha confesado que la formación “no ha funcionado como se pensaba aunque en su ejecutiva no haya nadie de partidos antecesores”. Viejos colaboradores de Mas, como los encarcelados Jordi Turull o Josep Rull, han anunciado que abandonan el partido para engrosar las filas de Junts per Catalunya. El expresidente ha evitado criticar a su homólogo Puigdemont, aunque ha marcado distancias con Quim Torra por la forma en que expulsó al PDeCAT del Gobierno hace unas semanas; y ha expresado su desacuerdo con la presidencia simbólica que —en caso de inhabilitación de Torra— muchos propugnan en Junts.

Después de cargar contra la inhabilitación por desobediencia del actual president —dictada por negarse a retirar de la sede del Govern una pancarta de apoyo a los presos del procés, y pendiente de ratificación por el Tribunal Supremo, Mas apuntó en RAC1: “Cada presidente sabe cuáles son los puntos clave de su mandato. Yo me la jugué con la consulta del 9-N; Puigdemont, con el referéndum del 1 de octubre; Torra consideró que simbólicamente, por valores y principios, había que mantener la pancarta”.

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