El salto olímpico de China

Pocos años han logrado provocar más optimismo y sentimiento patriótico en China que 2001. Después de dos décadas de apertura, marcó un punto de inflexión en la visión que el mundo tenía del hasta entonces dragón dormido: en julio, el Comité Olímpico Internacional decidió encargar a Pekín la organización de los Juegos Olímpicos de 2008, y la capital lo celebró por todo lo alto con un gran espectáculo pirotécnico; en diciembre se produjo otro hito que iba a tener consecuencias más profundas en la transformación del orden mundial cuando, después de larguísimas negociaciones, la Organización Mundial del Comercio aceptó a China como miembro de pleno derecho.

«Nuestros esfuerzos han tenido recompensa. El mundo ha comenzado a entender a China mejor», sentenció en Moscú el secretario general del proyecto de Pekín 2008, Wang Wei, cuando se enteró de que había vencido a Toronto, París y Estambul. José Antonio Samaranch, que leyó el resultado de la votación final, sigue siendo hoy uno de los españoles más reconocidos en el gigante asiático, que prometió la mejor Olimpiada de la historia y no defraudó: fue su puesta de largo como superpotencia y coincidió con su ascenso al podio económico mundial tras desbancar a Alemania del tercer puesto en el ranking de PIB.

«Hoy la Cámara de Representantes ha dado un paso histórico para asegurar la prosperidad en Estados Unidos, la reforma de China, y la paz mundial. Abrirá las puertas del comercio de América y llevará nueva esperanza de cambio a China», declaró el presidente Bill Clinton después de la votación que permitió normalizar las relaciones comerciales entre las dos potencias y facilitó el acceso de Pekín a la OMC. Muchos comenzaron a referirse a las relaciones entre China y Occidente utilizando la fórmula empresarial ‘win-win’, que representa un beneficio mutuo. El objetivo era propiciar que China comenzase a jugar con las reglas del capitalismo y del libre mercado.

Erradicar la pobreza

Sin duda, la globalización dio un salto: el capital extranjero inundó el país más poblado del mundo, que llenó la costa este de fábricas, creó millones de empleos y comenzó a erradicar la pobreza como no ha hecho ningún otro. Poco a poco, la exportación de productos chinos fue creando clases medias y altas que convirtieron al país no solo en una base manufacturera de ‘todo a cien’, sino también en un mercado más que apetecible. En 2010, coincidiendo con la Exposición Universal de Shanghái, China superó en PIB a Japón. Ahora es el único país capaz de plantar cara a la hegemonía estadounidense.

Ya lo advirtió Napoleón: «Dejad que China duerma, porque cuando despierte sacudirá el mundo», se supone que dijo. Independientemente de que los historiadores no se pongan de acuerdo sobre si las palabras las pronunció el militar francés, la frase no pudo ser más premonitoria. Entre 1977 -tras la muerte de Mao Zedong- y 1997, su PIB se cuadruplicó, y en el siglo XXI se ha convertido en la principal locomotora económica global. Además, ha dado un salto cualitativo para convertirse en la potencia tecnológica que lidera tecnologías como el 5G o la inteligencia artificial, capaz incluso de retar a Estados Unidos en la exploración de Marte, una odisea que comenzó este pasado mes de julio el Tianwen-1.

Pekín 2008, con la construcción de edificios espectaculares y la milimétrica precisión en su gestión, reflejó bien la ambición de China. No en vano, ninguna otra Olimpiada ha superado la espectacularidad de la ceremonia de inauguración diseñada por el cineasta Zhang Yimou. Pero, ahora, con Xi Jinping al timón del país, esa ambición se está volviendo en su contra. Y, aunque en 2022 la capital china se convertirá en la única ciudad que celebra tanto los Juegos de verano como los de invierno, puede que no sea una cita especialmente feliz.

Es más, ya hay quienes piden su boicot. La situación cada vez se parece más a la que se vivió en las dos primeras citas olímpicas de la década de 1980, cuando 66 países dieron la espalda a la Olimpiada de Moscú por la invasión rusa de Afganistán y 17 países de la esfera soviética hicieron lo propio cuatro años después con la de Los Ángeles. Ahora, la amenaza comunista que temen los políticos americanos más neoliberales no viene de la URSS, sino de China.

Al fin y al cabo, el auge del Gran Dragón no ha sido únicamente económico. También han crecido su influencia política en el mundo -nada lo refleja mejor que el proyecto para vertebrar el planeta a lo largo de la nueva Ruta de la Seda- y su beligerancia militar -que provoca choques con Estados Unidos, pero también con India, Japón, y los países del sudeste asiático-. Aunque Pekín reitera que no tiene ambición hegemónica y que no se inmiscuye en los asuntos internos de otros países, lo cierto es que ya cuenta con una base militar en África, invierte grandes sumas en la modernización de sus Fuerzas Armadas, y no se arredra ante las advertencias de las potencias tradicionales.

Al contrario, ha adoptado una actitud mucho más agresiva que se conoce ya como la diplomacia ‘Wolf Warrior’ (lobo guerrero), en referencia a las homónimas películas de acción de corte nacionalista. Sus representantes rebaten con fuerza las críticas sobre el tratamiento que dispensa a los musulmanes uigures en Xinjiang -que han sido recluidos en campos de reeducación-, y amenaza con represalias a quienes denuncian la promulgación de la Ley de Seguridad Nacional para Hong Kong, un territorio en el que se teme la irrupción prematura del autoritarismo comunista.

Un alarde militar preside la izada de bandera de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008.
Un alarde militar preside la izada de bandera de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. / Reuters

Levantar la cabeza

«China ya no es ese país que no levanta la cabeza cuando abusan de él», señaló la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Hua Chunying, en una rueda de prensa. Compañeros suyos han llegado incluso a insinuar que la pandemia del coronavirus fue provocada por soldados estadounidenses que participaron en los juegos de Wuhan. A la tradicional arma arrojadiza de los Derechos Humanos, se han sumado los aranceles de la guerra económica y la disputa con Huawei en el frente de batalla tecnológico.

Pero no todo en este conflicto es de guante blanco. En el Mar del Sur de China el enfrentamiento coquetea con lo físico, ya que buques de guerra y aviones de reconocimiento de las dos superpotencias a menudo se ven las caras en estas aguas cuya soberanía Pekín reclama para sí a pesar de que quedan a cientos de kilómetros de su costa más cercana. Y, en las últimas semanas, la tensión diplomática ha alcanzado su máximo con el cierre obligado del Consulado de China en Houston y la clausura, en represalia, de la legación diplomática estadounidense en Chengdu.

«Occidente siempre ha buscado una China sumisa que sirva a sus intereses. Que juegue con sus reglas y se transforme como quieren las potencias que mantienen su mentalidad colonialista. Los británicos lo lograron por la fuerza tras las Guerras del Opio, y ahora se buscan otras formas más sibilinas», comenta en Shanghái a este periódico un profesor de Finanzas de la Universidad de Fudan que prefiere mantenerse en el anonimato. «Sin embargo, China ha demostrado que la democracia liberal no es el único modelo de éxito, y puede convertirse en inspiración para otros países que buscan un desarrollo diferente al que se les quiere imponer con el fin de que las potencias tradicionales continúen beneficiándose», añade.

El secretario de Estado americano, Mike Pompeo, elevó las disputas al territorio ideológico en un incendiario discurso la semana pasada. «Cambiar la actitud del Partido Comunista no puede ser solo la misión del pueblo chino, porque las naciones del mundo libre deben defender su libertad. Y tengo fe en que podemos hacerlo porque ya lo hemos conseguido en otras ocasiones. El Partido Comunista está cometiendo los mismos errores en los que incurrió la Unión Soviética!», afirmó, añadiendo que China representa un peligro mayor porque es un pilar de la globalización, pero se mostró optimista porque «el mundo está despertando» y «juntos tenemos el poder suficiente para responder a este reto».

Pompeo aseguró que «es el momento de actuar», y no tuvo inconveniente en dibujar un futuro apocalíptico: «Si hincamos ahora la rodilla, los hijos de nuestros hijos estarán a merced del Partido Comunista de China. El secretario general Xi no está destinado a gobernar para siempre, salvo que lo permitamos», afirmó. Para evitar que eso suceda, el político pidió al resto de países que siga los pasos de Estados Unidos: «Insistir en la reciprocidad, la transparencia y la exigencia de responsabilidad».

Sin separación de poderes

Esos últimos puntos son también los que llevan décadas exigiendo las empresas extranjeras establecidas en el gigante asiático. «El problema está en la falta de separación de poderes, porque todo está supeditado a los intereses del Partido Comunista. No se diferencia entre Estado, gobierno, y Partido. Además, la ambigüedad y la arbitrariedad son las principales características del régimen. Todas las leyes dejan puertas abiertas a la interpretación interesada, y el sistema económico está diseñado para que siempre sea China la que salga ganando. De ahí que las empresas exijamos reciprocidad, porque no es justo que a nosotros se nos pongan barreras para proteger a empresas chinas que luego disfrutan de todas las ventajas para acceder a nuestros mercados», critica un empresario español afincado en Shanghái que tampoco quiere revelar su identidad por miedo a represalias.

«China apuesta por el multilateralismo, pero Estados Unidos está forzando al mundo a tomar partido en un mundo bipolar que le conviene, consciente de que a los países democráticos les resulta difícil justificar una alianza con China en esta situación. Lo ha hecho con Reino Unido y el 5G, y trata de conseguirlo con el resto del mundo anglosajón y la Unión Europea», opina el académico de Fudan. «Pero quizá en esta ocasión el mundo en vías de desarrollo, al que China ha tratado con más deferencia, tenga más voz y acabe por escorar la balanza hacia el lado contrario», sentencia. Sin duda, los paralelismos con la Guerra Fría resultan más que evidentes.

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