«Lesbos es un espacio de tortura sin derechos»

En un lugar donde las personas son tratadas «como animales» y la ayuda gubernamental es escasa se necesita de la mayor solidaridad humana. Como la que brinda la ONG vasca Zaporeak, que desde hace cuatro años ofrece comida a los refugiados de Moria, en la isla griega de Lesbos. La tenacidad de sus voluntarios se ha duplicado desde que la semana pasada un incendio destruyó el campamento de inmigrantes, hasta el punto de doblar las raciones de comida que entregan.

Todos los días, desde las ocho de la mañana prenden sus fogones para cocinar sin parar hasta las cuatro de la tarde, cuando reciben a 4.000 personas que acuden por alimentos de calidad y compensados, algo que es como oro allí, donde comen muy poco y sin los nutrientes necesarios. Así lo cuenta la coordinadora Malen Garmendia, que gestiona horas antes la llegada de los alimentos frescos para su preparación, y que, como todos sus compañeros, es consciente de que todo lo que hacen «nunca es suficiente».

Ahora que Moria está prácticamente en cenizas se ha generado un caos. Las llamas arrojaron a las calles a los 12.000 migrantes antes acorralados en espacios reducidos, sin agua corriente ni puntos de higiene, un lugar en el que cualquiera puede perder hasta la esperanza. Pero Zaporeak trata de que no sea así. Aunque ya es bastante lo que hacen, su labor no termina con entregar la comida para complementar la que reparte el Ejército, sino que hablan con ellos y les dan un buen trato al servirles, demostrándoles que no han perdido su identidad, que tienen nombres y que todavía pueden soñar. «A cada uno le brindamos una oportunidad, un espacio de socialización, a diferencia de lo que hace el Ejército», relata la voluntaria.

Sin solución

Aunque ACNUR ha construido en tiempo récord un refugio provisional que «venden como si estuviese habilitado, pero no cumple las condiciones necesarias», todavía hay unas 7.000 personas que duermen en las aceras, pasando frío y necesidades. Es una medida que resuelve el problema a corto plazo, pero que para Garmendia es contraproducente. Afirma que «no han entendido que una tragedia en un lugar así puede volver a pasar. Moria se quemó por las condiciones en las que estaban los inmigrantes. Tarde o temprano ocurriría. Y lo veían venir».

Sin embargo, vuelven a hacerlo. Confinan a los desplazados pese a que, según indica la coordinadora, hay decenas de casos de coronavirus sin saberse si se ha aislado a esas personas. Lo cierto es que muchos no quieren entrar por miedo al contagio y por las malas condiciones. El nuevo campamento no se diferencia mucho de Moria. Allí tampoco hay agua o electricidad y conforme la Policía ingresa más gente el riesgo al colapso de los servicios aumenta. Por ahora dan prioridad a las mujeres y los niños.

Pero eso no es lo que quieren los migrantes, que ya han sufrido una travesía horrorosa para llegar desde sus países hasta Lesbos. No desean volver a refugios que son «espacios de tortura donde no se respetan los derechos humanos». Su esperanza es que les ayuden a regular su estatus para empezar a normalizar sus vidas. Pero en vez de eso se ven atrapados, en un espacio donde sufren hambre y violencia, hacinados como ganado.

Precisamente lo que Zaporeak trata es de que esas personas no pierdan las ilusiones que les impulsaron a llegar hasta allí en busca de una felicidad que parece nunca llegará. A través de sus conversaciones durante la comida escuchan a quienes padecen de enfermedades crónicas del corazón, de diabetes, de desnutrición y también a aquellos con problemas psicológicos. Su comedor les da comida, pero también motivos para no desfallecer en medio de un bucle gris que absorbe sus expectativas, y que desvanece casi por completo el ansiado sueño europeo.

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