Medicina telefónica

En una de sus incisivas notas diarias, Alberto Asensi informa que la acaban de dar hora, para que el médico de su ambulatorio le atienda… nada menos que el 19 de agosto próximo. Y que la consulta que espera será, además ¡por teléfono!

Ha sido leerlo y dar gracias al cielo una vez más: esa piedra que llevo alojada hace algún tiempo en el riñón está tranquila y se conforma con agua de Chóvar para no dar la lata; he comprobado que los demás achaques impropios de la edad siguen como solían y lo más adecuado, en casos así, es pararse un minuto y acordarse de los miles y miles de vecinos del mundo que en estos momentos están sufriendo como no es fácil imaginar. Con todo, no puedo evitarlo. ¿Pero cómo que atienden por teléfono? Pero si fui yo, y no otro, el que recomendó a la dirección que quitásemos la coletilla de «por teléfono» tras la firma de las crónicas que enviaban nuestros corresponsales y enviados especiales. Si fui yo quien dijo que la anotación que el periódico había empezado a usar hacia 1898 para presumir de nuevas tecnologías comunicativas… ¡ya no impresionaba a los lectores de los tiempos del fax y el teletipo!

¿La Sanidad pública de este país tan desarrollado está todavía así, pendiente del teléfono? Las cosas están verdaderamente mal. Faltan médicos a punta de pala, han dado vacaciones a los que sin duda se han partido el pecho trabajando en los meses más duros de la epidemia; pero yo me permito cuestionar de todo corazón las secuelas prácticas que estamos padeciendo y me pregunto qué se ha hecho de aquellos tiempos en los que el médico, privado y público, venía a casa, como debe ser, y atendía de la gripe a un enfermo que estaba en la cama, como prescribe la lógica y la costumbre.

Quedamos algunos que nos negamos a aceptar que los nuevos modelos sean los modelos pésimos

Ya lo sé: el teléfono es una barrera contra el contagio; y el turno una trinchera contra las aglomeraciones, que a veces se dan sin fundamento y sentido. Pero el caso es que quedamos algunos, resilientes como ahora se dice, que nos negamos a aceptar a pies juntillas que los nuevos modelos sean los modelos pésimos. Y, llegados a este punto, aplíquese la lógica: si este es el sistema médico necesario y las autoridades no pueden ofrecer otro, es que estamos, como en el pasado abril, en emergencia; en estado de guerra abierta contra el virus. De modo que, con gran dolor de corazón, pienso que el mundo de la sanidad no puede tomar vacaciones, los ambulatorios se tienen que reforzar con voluntarios o contratados y desde luego las discotecas, los pubs y las terrazas no deben estar abiertas a lo loco.

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