En un lugar de La Manga

Cuando era una adolescente, La Manga era la tierra prometida. Veraneaba cerquísima, a veinticinco minutos en bici, pero la distancia real era mayor que la que nos separa de Plutón. Mi playa era una pequeña urbanización del Mar Menor aburrida, yerma, la muerte en vida, un cementerio de elefantes donde lo más divertido era oír recitales de trovos y ver pasar la procesión de la Virgen de las Nieves a principios de agosto, que ya me dirán ustedes si no es paradójico rendirle culto a esa advocación mariana estando a cuarenta y dos grados a la sombra. Mientras, La Manga era la fiesta continua, el desmadre a la española, el acabose, Sodoma y Gomorra. Por la noche, veía brillar las luces de los edificios desde mi ventana, y lloraba por no estar allí.

Esa siempre ha sido una de las señas de identidad de la casa: querer estar en un sitio distinto del que estoy. La otra, la celulitis adiposa. Y así seguimos. El pasado mes de julio, en cambio, eran pocas las luces que brillaban en la oscuridad. «Entre semana está muerta», me dijeron. «Ni guiris ni madrileños, solo los de aquí». Algunos hoteles estaban cerrados y sin visos de abrir en todo el verano; los que se encontraban abiertos, con la ocupación bajo mínimos. Era raro ver La Manga casi desierta: desnuda, sin gente que la tapara, dejaba a la vista el esqueleto, el canibalismo urbanístico, el feísmo arquitectónico provocado por albañiles churriguerescos devenidos en constructores que mezclan balaustradas, almenas y torreones, que se creen Gaudí y te plantan un mosaico de un caballito de mar en la fachada. La arquitectura de turismo de segunda residencia es como para no abandonar nunca la primera. Y eso ha pasado en todo el litoral español, no solo en La Manga. Nosotros no tenemos la exclusiva.Pero, oigan, nos valía aquel urbanicidio. Le valió a Manolo Escobar, el español primigenio, que vendió a regañadientes sus tierras en la película ‘En un lugar de La Manga’ para no darle la espalda al progreso y al interés general (y para que Gracita Morales pudiera comprarse un televisor y una minifalda). Y también les valió a los mangueros, a los guiris y a los habitantes del interior de España que iban al Mar Menor a bañarse porque no sabían nadar, y allí, oh, milagro, podían hasta caminar como Cristo sobre las aguas. Al menos, así era antes. Porque, cuando despertó el coronavirus, el desastre ecológico del Mar Menor todavía estaba allí. Pero esos son otros López.Vuelvo a La Manga en agosto, otra vez enmascarillada e hidroalcoholizada, pero acompañada de mi santo, del heredero y de unos amigos, que para eso estamos en nuestros dominios. Nos alojamos en un hotel familiar, tranquilo, coqueto. El hall está lleno de señalizaciones: espere aquí su turno, salida, entrada, zona de desinfección.

No sé si me ponen más nerviosa las medidas de seguridad o la falta de ellas. «Parece que estamos entrando en una central nuclear», me dice el heredero. Damos una vuelta de reconocimiento siguiendo rigurosamente las indicaciones, que servidora es muy obediente. La piscina está extrañamente vacía, pero el salvavidas lo vigila todo. Vigila hasta los virus. Mitch Buchannon estaría orgulloso. El Caribe patrioVamos a bañarnos al Mar Mayor. No sé cuántos años llevamos yendo pero, al llegar, siempre nos sorprendemos admirando el paisaje y haciendo consideraciones del tipo «esto no tiene nada que envidiarle al Caribe». Y es verdad. Aunque no hayamos ido jamás al Caribe, sabemos que es verdad. Lo que no sabemos es si allí habrá limitaciones de aforo, porque aquí, de momento, no. La Consejería de Salud confía en la responsabilidad de los bañistas, igual que Blanche DuBois confiaba en la bondad de los extraños y yo confié en un tipo al que le dejé veinte euros que nunca me llegó a devolver. Mira, no sé yo. Que nos conocemos. Que nos quitamos el pareo y el miedo al mismo tiempo. Y que somos mucho de hacer corrillo en la orilla del agua y de apelotonarnos en la barra del chiringuito despelotados de cuello para arriba, y venga otra de calamares, y caña aquí, y esta la pago yo.Previendo el posible despiporre, hemos reservado mesa. Comemos tranquilos, todo limpio, organizado.

El camarero que nos atiende viene de Vallecas. «Allí lo hemos pasado mal, muy mal, pero yo ya soy inmune». Lo celebramos como si le hubiera tocado la lotería. Qué tiempos tan raros. Seguimos hablando sobre el tema, porque el tema es tan acaparador y asfixiante que no deja espacio para charlar de otra cosa. Ni siquiera de fútbol. De hecho, me sorprende que mi santo no saque a colación el Rayo Vallecano: uno de los trucos de su alarmante nivel de sociabilidad consiste en pegar la hebra con cualquier desconocido preguntándole por el equipo de fútbol de su localidad. En Corleone, durante los felices años pre pandémicos, se enrolló con el dueño de un bar de mala muerte porque tenía colgada en la pared la foto enmarcada del partido entre el Inter de Milán y el Madrid. Sí, aquel de infausta memoria que perdimos tres a uno. Y allí que mi esposo hizo gala de su cultura enciclopédica recitando los nombres de los jugadores del Milan del tirón: Pagliuca, West, Bergomi, Galante, Colonnese, Moriero, Winter, Sousa, Simeone, Ronaldo y Zamorano.

El café nos salió gratis. Para ir por el mundo, saberse las alineaciones de los equipos europeos es más importante que hablar idiomas.Tradicional sobre digitalPor la tarde, cambio de hato y cena junto al Mar Menor para ver la puesta de sol en un sitio pijo aspiracional, de los que te sacan botellas de champán con una bengala para hacerte creer que estás en un beach club de postín y que va a entrar por la puerta un famoso en cualquier momento. Su público lo agradece: a las pijas que han prolongado la comida, les encanta. Con el gin tonic en la mano, bailan y corean ñoñas canciones en español, de las que hacen buenas las rimas de Mecano y que convierten a Alejandro Sanz en el cantante de Megadeth. Empiezo a echar de menos las veladas troveras. Mientras tanto, intentamos ordenar la cena. «Escaneen el código QR y miren la carta en el móvil, si son tan amables», nos dice el camarero. Y sí, lo somos. Cuando vuelve a tomarnos nota, no le funciona la PDA y tiene que ir a buscar lápiz y papel; parece que la tecnología, aquí, también es aspiracional y que, al final, se acaba imponiendo lo tradicional sobre lo digital, y las puestas de sol a pie de playa sobre las bengalas postineras, y la belleza del lugar sobre nuestros desmanes; será por eso por lo que La Manga sigue siendo un refugio al que volver siempre. Y, a mí, ya no se me antoja que esté tan lejos como Plutón. Aunque siga mirando las luces desde mi ventana.

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