Cines de verano

Porque ahora vivimos pendientes de normas y de un indefinido temor, se están condicionando muchas facetas de la vida cotidiana. Esta época guarda paralelismo con décadas atrás, cuando arañábamos la felicidad conformista y nos bastaba una terraza de cine ‘de verano’, con películas de reestreno y la popular silla de enea, que no precisaba acomodador, ni barquillero de chaqueta blanca en el descanso.Buena parte del público, como ahora sucede en el querido D’Or, llegaban con el bocadillo para la cena. Eran frecuentes los grupos familiares celebrando las noches del sábado con el aplauso al león de la Metro-Goldwyn-Mayer. La reciente noticia sobre la apertura de una nueva terraza en el colegio de los Jesuítas confirma la tradición que de tal espacio de recreo se remonta a la inolvidable terraza Lauria, que aprovechaba la maquinaria del Cine San Vicente solo con cambiar la dirección para la pantalla; terraza de gran éxito en el Ensanche. La terraza Flumen, de gran popularidad actualmente, también utilizó el patio del colegio San Juan Busco, con el acierto de pequeñas mesas para la cena. No olvidemos en tan peculiar recuerdo a los cines que tenían como techo el cielo, entre ellos el de Alboraya, y el de la playa de Las Arenas, que abría tan pronto terminaban los bailes de la tarde.Sin duda, en el saber disfrutar de la vida a cualquier nivel y ocasión, hay que buscar la respuesta en la proliferación de terrazas que surgieron en los deslunados de fincas, como la de Germanías, o la que hubo entre las calles Cádiz y Sueca, y la que se alzaba con el tótem de una chimenea de ‘rajolars’ en el viejo camino de Moncada.Aquellas terrazas eran, a su vez, la visión de unas existencias que transcurrían en recuadros luminosos; en ventanas y pequeñas galerías de las casas, donde se asomaban los vecinos, y entre los que no faltaban ancianos y niños acunados. Un cine más humano aún que el de las imágenes.

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