Naomi y los otros

Veo un reportaje de Naomi Campbell hecho en 2019 con ella posando desnuda en el metro de Nueva York. Sentada sobre los asientos del metro de Nueva York. Ni una toallica como en los hoteles nudistas. De la modelo habíamos visto en tiempos muy previos al coronavirus su protocolo de limpieza en los aviones. Cómo lo desinfectaba todo, cómo se ponía toda clase de protecciones para sentarse. Y estamos hablando de primera clase, no de perrera. Me imagino que los asientos del metro donde se sentó sin bragas para las fotos se quedaron, tras alguna intervención de choque supervisada por ella, como una patena, como aquel fregadero del anuncio de Vim Clorex Verde. «Podrá comer en su propio fregadero». Lo mismo llegó con el Semen detector (juro que esto se compra en Amazon) o con un detector de lo que fuera para dar el Nihil Obstat.

Por un lado tenemos a la maniática de Naomi (Dios la bendiga) como imitadora lujosa de las señoras de ‘How clean your house?’ (aquellas que limpiaban casas en la tele británica) y por otro, a un conductor de autobús en Francia en muerte cerebral tras ser atacado por viajeros que no querían llevar mascarilla. O al idiota ingresado y aislado por coronavirus en un hotel de Cartagena que huyó atando sábanas como en las películas.

Todos estos meses nos han demostrado lo poco que sabemos, lo poco que saben hasta los expertos de verdad. No me refiero a los charlatanes. «Hasta donde yo sé, ningún hombre necesita preparación alguna para ser experto», escribió Thomas Wolfe, que murió en 1938, en su diatriba sobre los mismos. Y no han cambiado mucho las cosas desde que lo escribió. Pero ponerse mascarilla, quedarse en un hospital. No tenemos remedio. Sólo Naomi.

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