Conocer España

Cuando era un chavalín lo de viajar resultaba una extravagancia. ¿Viajar para qué?, te decían. Además, con aquella peseta cojitranca los precios destilaban el perfume de lo prohibido. Sólo viajaban los ricos o algunos audaces de clase media como mis padres. Cargábamos el Renault 12 ranchera como si fuese el carromato de unos pioneros del lejano oeste y nos largábamos de vacaciones a Francia morando en hotelitos humildes pero relimpios aptos para el sueldo de mi padre. «Son ustedes los primeros españoles que vienen aquí de vacaciones», apuntaban asombrados los gabachos. Vernos vendimiando de sol a sol sí que entraba en sus cálculos. En fin.

España prosperó. Quebramos el muro físico y mental de los Pirineos. Nos sentimos modernos gracias a los grupos de la sobrevalorada movida. Se abarataron por fin los precios y el personal descubrió destinos exóticos de rollo caribeño, brebaje tocado por una sombrilla allá en la piscina, pulserita de plástico con el «todo incluido» anillando la muñeca y langostas tan grandes como insípidas. Más tarde las líneas de bajo coste provocaron migraciones de fin de semana hacia Londres, París, Berlín… El español abrazó la aventura viajera con el hambre atrasada del pariente pobre al cual convidan a un banquete superior. Pero la plaga modifica las costumbres, al menos de momento, y ahora resuena la cantinela del «conocer España». Si hace dos telediarios atravesar nuestro país, admirar su fértil patrimonio, sonaba perdedor, ahora se impondrá y por lo menos muchos descubrirán las maravillas que jalonan nuestra geografía. Espero que estos nuevos viajeros no compongan la cara pasmada de los románticos europeos que hasta aquí acudieron para degustar el toque entre pintoresco y barato de sus idolatradas señoritas navajeras y sus admirados patilludos prestos a repartir garrotazos.

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