¿Quién aplaude a los muertos?

Vivimos en un país desmotivado y cansado. Nuestros dirigentes están desbordados, hay cien mil infectados, diez mil muertos y miles de profesionales y voluntarios trabajando sin descanso en la mayor crisis sanitaria que recordamos haber pasado. Todos tirando juntos de un carro muy pesado al que vestimos cada noche de aplausos y cánticos como sortilegio para evitarnos decaer. Es tan inmenso y ejemplar el trabajo realizado, que nos van faltando manos para aplaudir a tantos anónimos que se sacrifican por nuestro interés.

Está bien eso de insuflarle optimismo a la tropa, pero debo confesarles que a mí, con tantas muertes, tanto «resistiré» empieza a resultarme innecesario. Por respeto a los difuntos y sus familias también ellos deberían ser depositarios de unos aplausos que todavía no les han llegado y no encuentro el porqué. Son como una realidad que nos negáramos a ver.

A pesar que el Gobierno de España no lo haya decretado, lo que acontece en las morgues, nos lleva a estar de luto general. Aun habiendo superado los diez millares de fallecidos, veremos a qué cifra se debe llegar para declararlo oficialmente. Hay demasiadas familias destrozadas a las que no estamos sabiendo reconocer. En pleno confinamiento, cuando recurrimos a la información más que nunca, echo de menos en el relato lo que antes llamábamos la cara B. En la cara A tenemos los testimonios en positivo de quienes salen porque lo han logrado y son ejemplo vivo de que «se puede vencer» pero nos falta la crónica más gris. La de los cien mil que siguen luchando y las familias de los que no lo superaron.

En época de pedir sacrificios a los ciudadanos, con la gente sin saber si esta contagiada porque faltan test, equipos de protección, camas de UCI, levantando hospitales modulares, los autónomos sin ingresar y pagando, las empresas cerrando, otras sobreviviendo con EREs y ERTEs, batiéndose records de cifras en el SEPE, o con la gente sin saber si llegaran a fin de mes… hay cosas que no tocan, porque pueden hasta ofender.

Es el caso del anuncio hecho por el Gobierno de inyectar quince millones de euros a las televisiones privadas. Aun siendo una medida justificada que favorece el derecho constitucional a la información y libre opinión, la sociedad la ha recibido con toda clase de críticas, como «el Ejecutivo paga a sus voceros», «ahora ya sabemos el precio por no ver cadáveres» o «¿cuántos respiradores se comprarían con ese dinero?». A ver si aprendemos: cuando la vida está en juego, ninguna otra cosa más importa.

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