Gila no se compró piso en Mestalla

En el mes de diciembre, el día 21 para ser exactos, escribí en este mismo espacio una columna que titulé ‘Gila en Mestalla’ en la que me permitía imitar (seguramente con muy poca fortuna) el inolvidable estilo del genial cómico para imaginar una llamada telefónica del Valencia CF a Bankia exponiéndole su plan para el viejo y el nuevo Mestalla.

Poco más de tres meses y una pandemia después, el tiempo ha venido a confirmar lo que casi todos sospechábamos, que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Y la nueva situación a la que se encamina el mundo en general y España y Valencia en particular no sólo no va a arreglar el actual estado de las cosas sino que lo va a complicar aún más. Porque si el club blanquinego no necesitaba y se le quedaba grande un estadio que se concibió y se medio construyó con capacidad para 75.000 espectadores, mucho menos lo va a precisar ante un previsible escenario de menos afluencia de aficionados y más consumo televisivo.

El fútbol antiguo es el de los graderíos rebosantes de hinchas y unas entidades dependientes de la venta de entradas y de los abonos anuales. Pero ese esquema está superado desde hace muchos años, antes incluso de que el Valencia se pusiera a excavar en el solar de Cortes Valencianas, aunque entonces fueron muy pocos los que se (nos) atrevieron (atrevimos) a criticar un proyecto carente de sentido común. Pero si el nuevo estadio es innecesario, el viejo tiene mala venta. Ya pasaron -seguramente para no volver- los tiempos en que el sector inmobiliario era una apuesta segura, se acabó la alegría del bosque de grúas, los pisos que se venden antes de poner un ladrillo, los pelotazos, la sucesión de PAIs, las recalificaciones a la carta… El Valencia, también en esto, llegó tarde, se le pasó el arroz o se le escapó el tren, quédense con la metáfora que más les guste.

Así que, en resumen, por una parte tiene muy complicado vender su actual emplazamiento y por la otra no tiene en el fondo el menor interés en acabar la obra medio terminada y más de diez años abandonada de la pista de Ademuz. De lo que se deduce una única solución, salvo que aparezca un imprevisto comprador que ponga encima de la mesa de Peter Lim más de cien millones de euros por el solar de la avenida de Aragón, y es desandar lo andado, buscar una alternativa viable con otro uso para la parcela de Cortes Valencianas, quedarse en Mestalla, reformar e incluso derribar lo que haga falta para cumplir la sentencia del Tribunal Superior de Justicia y, en definitiva, dejarse de milongas y de cuentos de la lechera que ya venos cómo acaban. Lo que está muy claro es que a Gila no se la hubieran colado.

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