Falsos mitos

Al próximo listillo que nos califique como maestros de la picaresca habrá que aplicarle, sin triaje, una bofetada con la mano abierta, o sea de las que duelen poco pero humillan al máximo. Qué manía tienen, y tenemos, con el cuento de la picaresca. Durante siglos arrastrando esa mala fama que no era sino auténtica cochambre de subsistencia en trances de estrechez pero, atención, aplicada a baja escala y en el ámbito doméstico.

España nunca fue un país enganchado a la picaresca, sino una tierra donde los pícaros se buscaban la vida para subsistir. Como en todas partes. Las grandes ciudades europeas siempre contaron con sus universos paralelos, esa corte de los milagros que reptaba entre las sórdidas sombras, los callejones de gatos pardos y las tabernas esquineras de bazofia y licor barato. La tendencia general equipara la picaresca a ese toque espabilado que no sólo sortea las malas rachas, sino que esquilma a los poderosos que pretendían abusar de nuestra desventura. El pícaro, vaya, se supone que destaca por la rapidez de sus reflejos, por proyectar mente espabilada, por derramar inteligencia. Sin embargo estos destellos chocan contra la cruel realidad. Hemos llegado tarde y mal a los mercados internacionales para comprar munición y herramientas contra el virus. Nos avisaron desde la OMS pero no prestamos atención. Muy pícaros no fuimos, precisamente, a la hora de anticiparnos a la jugada. Encima nos han timado, como mínimo, una vez y media en el asunto de los tests, con lo cual no sólo nos alejamos por completo del presunto fulgor de la picaresca, sino que hemos sido las víctimas atontolinadas de algunos verdaderos pícaros que han cobrado rudo por vendernos quincalla. No somos los duques del palo ni los reyes de la picaresca. Ya nos gustaría. Erradiquemos, pues, de una vez ese patético mito.

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