Despedida *

1. f. Acción y efecto de despedir a alguien o despedirse.

Era bonachón y simpático. Vestía siempre impecable; lo mismo daba que fuera domingo que martes: bigotillo bien recortado, camisa abrochada hasta lo más alto y corbata, aunque fuera para ir a pasear por la montaña. Recolectaba hierbas medicinales, coleccionaba las etiquetas de los vinos que probaba y guardaba como un tesoro sus botes de las tentaciones: maíz tostado, altramuces y aceitunas que él maceraba y luego disfrutaba, como si de un ritual se tratara, cada mediodía a la hora del aperitivo.

En realidad, era hombre de costumbres, de hacer siempre lo mismo, de cenar hervido cada noche, de misa cada sábado, el partido de la tele y la quiniela. Cuando trabajaba, de trabajar a destajo; cuando tuvo la libertad de la jubilación, de exprimir la vida como un bien preciado: su naranja y su lata de sardinas matutinas, varios paseos a lo largo del día; leer el periódico y hacer temblar sus pasatiempos, y de siesta con documental cuando la tarde le acomodaba en el sofá, junto a la mesa camilla. Era, como tantos otros, alguien normal. Tan real, tan sincero, tan humilde, que lo hacía excepcional. Esa gran virtud que tiene sepultar el ego con la bondad y llenar la vida de paz a base de optimismo.

Se preocupaba, eso sí, cuando llovía poco en primavera y cuando pasaba un año sin nevar. Adoraba la naturaleza, pero sin estridencias: sus plantas, las carrascas que convertía en bonsáis, los claveles que perfumaban toda su casa y sus hortensias, exageradamente glamurosas. Medía con un pluviómetro en la terraza el agua que caía día a día y lo anotaba en sus libros con una caligrafía impoluta. Era meticuloso y exacto, como si fuera un alquimista. Creo que algo de ello tenía; de mago discreto, de sabio no resabiado y de catedrático del vivir. De los que se hacen eruditos a base de leer y releer, de estudiar lo que en su infancia no pudo hacer, de aprender para nunca dejar de crecer por fuera y por dentro.

Paco se fue, como tantos otros, en mitad de estos tiempos turbios en silencio, con una discreción impuesta por este momento envenenado que vivimos y que nos ha robado el derecho al adiós. Escribió Eduardo Galeano en una de sus fábulas: «Mientras dura la mala racha, pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria, pierdo llaves, lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras». A nosotros la mala racha nos ha arrebatado también las despedidas y nos ha robado los abrazos. Pero a su vez, nos deja la sensación de que siguen a nuestro lado aquellos que parten en soledad en mitad de la hecatombe. Aquellos a los que un día les dimos el último beso sin saber que les iba a acompañar hasta la eternidad.

Leave a Reply