Negocios con el miedo en el cuerpo

Seis nombres. Los de Ana, Inca, Carla, Ricardo, Darío o Anna. Son los rostros que hoy observan con preocupación el horizonte económico y social que empieza a dejar el Covid-19, la palabra que hubo que aprender para comprender este mes de marzo, que debería haber transcurrido entre el bullicio de Fallas y Magdalena o los primeros pasos de Semana Santa.

Seis profesiones o negocios que representan a los miles de trabajadores valencianos que han visto cómo sus vidas han cambiado por el coronavirus. Todos con la incertidumbre de qué pasará una vez finalicen el estado de alarma y la crisis sanitaria mientras siguen afrontando pagos o paralizando proyectos.

Ana Hernández, propietaria de la tienda de indumentaria Carmen Giménez (abierta desde 2001), es una de las que revisa facturas del trimestre mientras conversa con LAS PROVINCIAS. Cerró su negocio, dedicado a la confección y alquiler de trajes, hace dos semanas mientras aún intentaba organizar el revés de la suspensión de las Fallas. «Nuestro fuerte es el alquiler de indumentaria valenciana y teníamos clientes que aún no lo habían recogido pero sí reservado», dice.

Está preocupada por ver cómo evolucionará la temporada y qué sucederá con las fiestas falleras pues de esto último dependerá, por ejemplo, «empezar la temporada de 2021, que solía ser en mayo». Cualquier planificación en el negocio ha saltado por los aires pero, mientras la persiana sigue cerrada, hace frente a las cuotas de IVA, IRPF, autónomos, etc. «Debería estudiarse qué nos puede beneficiar más a los autónomos: si una ayuda o exenciones fiscales», apunta.

Entre mascarillas y mejoras

Mientras espera «mayor concreción» por parte de las administraciones, Ana confecciona mascarillas para el personal sanitario «con tela impermeable y algodón» que tiene en tienda. Una farmacia, el centro de salud Padre Jofre o enfermeras de La Fe y el Consuelo ya tienen entre sus manos su aportación solidaria.

Ricardo Rojas, gerente de Comercial Mecre, es otro de los también aprovecha «el parón» para, en este caso, mejorar el negocio». No quiere cerrar porque «si se para toda la economía y los gastos siguen, ¿cómo saldremos adelante? Hay que sobrevivir como sea y mantener una continuidad en el negocio», del que viven seis personas y que suma ya 30 años de antigüedad.

Desde su taller, donde se han extremado las medidas de seguridad, también lamenta que «sea tan farragoso» para las pequeñas empresas todo «el papeleo y burocracia». De ahí su empeño en seguir adelante, descartando por completo la palabra ERTE.

Tanto este taller como la inmobiliaria de Dario Simo siguen abiertos aunque con restricciones. En el caso del gerente de Grup Nou Mileni, es trabajo administrativo porque «ni se pueden visitar pisos ni se firman las hipotecas aprobadas porque la gente se replantea lo de la vivienda debido al miedo e incertidumbre que hay o porque se han visto afectados por un ERTE».

«Esto nos golpea por completo y lo de las ayudas no está claro», lamenta Simo. Mientras, explica, sigue asumiendo pagos como el de autónomo o cuotas de servicios en marcha que no ha podido anular hasta abril.

Es el mismo lamento de Carla Batalla, al frente de una clínica veterinaria de Mislata. «Hemos seguido abiertos para estar al lado de los clientes pero, por responsabilidad, pedimos que no vengan si no es urgente. Hubiera sido más sencillo que el Gobierno nos permitiera cerrar», resalta, pues tienen un escenario en el que se sienten «desprotegidos». «No entra ni un 5% del trabajo habitual y así no se puede seguir mucho tiempo», reconoce.

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