«Aún me piden que les lleve de cena y al hotel»

Inmaculada Ballesteros es un torbellino de vitalidad. Dispara una frase tras otra al teléfono mientras por detrás se cuela el sonido de Tele Taxi. «..¡Piiii!… Un servicio en el aeropuerto… ¡piii!… Recogida en el Hospital General», chisporrotean los mensajes en el vehículo de esta valenciana de 47 años. La vida misma de un taxista en Valencia en los tiempos de confinamiento. «Pendientes de la emisora, de centro sanitario en centro sanitario, a recoger a pacientes que vienen de hacerse la prueba del coronavirus, o que les han dado el alta, y algún pasajero del aeropuerto, que llegarán como mucho dos o tres aviones cada día», explica Inmaculada.

La taxista constata que aún hay gente «que parece que venga de otro planeta». No se olvida de un ciudadano rumano al que recogió hace unos días tras aterrizar en Manises. Con España ya confinada por el estado de alarma. Primero le pidió ir hasta Zaragoza. El precio de la carrera acabó por no convencerle. «Luego que le llevara a un restaurante, que tenía mucha hambre. Y yo, ¿pero señor, usted no sabe que está todo cerrado por el coronavirus? Y el hombre, que lo acercara a un hotel, y yo, ¡pero que tampoco están abiertos! Acabé dejándole en un Telepizza y pensando si es que en Rumanía están en ‘los mundos de Yupi’…».

Las paradas han dejado de existir para el gremio de los taxistas. Absurdo cuando apenas nadie va por la calle y ningún cliente acude a ellas. El tajo no cunde estos días. «Puedo estar 16 horas al volante en un día y si acaso me llevo 60 u 80 euros».

«La gente te cuenta todo: un señor me dijo que lleva tres días sin quimio porque en La Fe van desbordados»

Riesgo al volante

Conducir por la ciudad desierta causa en Inmaculada una mezcla de «tristeza y miedo». Le recuerda al escenario de una película de terror. «Es como si hubiera estallado la III Guerra Mundial biológica». «… ¡Piiii! Llamada para un viajero en el Peset… ¡piii!». Las vivencias para la chófer valenciana en estas jornadas de encierro van de enfermo a enfermo. El habitáculo de su Citroën Elysée acaba siendo una pequeña probeta que muestra el caldo de cultivo presente en la sociedad. Como el pasajero que recogió en La Fe después de que no pudieran hacerle su tratamiento. «La gente te lo cuenta todo, me dijo que en el hospital están desbordados y no podían darle la quimioterapia. Está enfermo de cáncer y decía que llevaba tres días sin ella». Otra historia con un viajero al que ayer mismo recogió en el Hospital General. Un hombre con síntomas de coronavirus. Le habían hecho una primera prueba y se iba a casa a la espera del resultado del test. «Y ahí lo llevaba yo detrás, con el riesgo de que me pegara el ‘bicho’, aunque él iba con su mascarilla».

Sin protección

Los taxistas van «a pelo». O al menos ella. No hay forma de conseguir mascarillas. Guantes, «deberíamos tener un cargamento, porque cada cambio de moneda tendríamos que usar un par». Lamenta que, como servicio público que son, no les hayan instalado algún metacrilato o barrera para prevenir contagios.

Y eso que, de hospital en hospital, acaban situándose en primera línea de batalla. «Mi única protección es un gel de estos alcohólicos que me sacó una amiga bajo mano de un supermercado, que se los dan a ellos pero no los venden, porque apenas tienen, y cada vez que cojo la maleta de alguien o doy el cambio, me desinfecto», detalla. Aunque la mayor precaución que adoptan es una apuntada desde la lógica: «Nos han recomendado no hablar demasiado con los clientes, así evitamos que salga disparada la saliva y acabe corriendo el coronavirus de un lado u otro…».

Al final, los diálogos desde el asiento situado tras el del copiloto (el protocolo obliga a los taxistas a recoger sólo a un pasajero cada vez y que viaje en dicha posición, nunca a su espalda) son un calco de los que se pueden escuchar en los fugaces instantes de salida del confinamiento en los que los ciudadanos de a pie pueden coincidir con alguien a un metro de distancia en la cola del supermercado o de la farmacia. El miedo de la gente. Qué va a pasar con la economía. «Que si en mi empresa hay un compañero con ‘corona’… Las charlas acaban transmitiendo mucha tristeza, la gente no está de humor, así que tampoco les doy mucha conversación. Y ya sabe, sobre todo por aquello de la saliva…».

Inmaculada Ballesteros

  • Profesión: Taxista
  • Edad: 47 años
  • Nacimiento: Valencia
  • Reflexión: «No hablamos mucho por no salpicar saliva»

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