Nostalgia de los bares

E

l coronavirus ha trastocado nuestra existencia hasta extremos que jamás habíamos llegado a contemplar, y una buena prueba de eso es que va a mantener a los españoles alejados de un bar durante, al menos, un mes. La mayoría de nosotros, si nos hubiesen pedido que nos imaginásemos una situación distópica, nos la habríamos imaginado con algún bar abierto, porque la otra opción nos habría parecido equivalente al final de los tiempos. Y ahora, aquí estamos: la pandemia nos tiene con el corazón encogido, recibiendo noticias cada vez más frecuentes sobre la enfermedad o la muerte de personas cercanas, y el confinamiento nos encarcela entre cuatro paredes, dentro de esta olla a presión doméstica que amplifica el aburrimiento y las tensiones. Y, evidentemente, no podemos escaparnos un momento al bar, esa especie de habitación extra de nuestros hogares que nos permitiría sacudirnos las ideas funestas de la cabeza y aliñarnos un poquito la existencia.

En la reevaluación de nuestros valores a la que nos conduce inevitablemente esta crisis sanitaria, da la impresión de que las tabernas salen reforzadas. Dicen que no nos damos cuenta de lo mucho que nos importa algo hasta que nos falta, y estos días pensamos en los bares con dolorosa añoranza y fantaseamos sobre el primer día de la nueva vida, cuando todo esto termine: saldremos a la calle y… ¿cuánto tardaremos en pisar un establecimiento hostelero? Los memes, ese barómetro informal de nuestras obsesiones, regresan una y otra vez al tema: desde la versión adaptada de ‘Un buen día’, la canción de Los Planetas de la que se han tachado todas las referencias a los garitos, hasta esa foto de una furgoneta de Coca-Cola, con su rótulo ahora tristísimo, «¿Buscas un bar? Sígueme». La gente queda para compartir rondas por videoconferencia y hasta se pueden encontrar en internet grabaciones de auténtico sonido hostelero, para redondear el simulacro.

¿Qué nos aportan los bares, para que los echemos tanto de menos en este trance? «A su alrededor giran muchas cosas: la convivencia con los amigos, el encuentro después del trabajo, los vínculos afectivos, la explosión de alegría, las emociones, el trapicheo, las redes para la economía informal y las oportunidades para realizarla, la camaradería, los sabores y olores y el bullicio, mucho más presente que en otros bares de otras partes de nuestro planeta. No es la buena vida, es la vida buena. Es el arte de vivir los bares, la satisfacción de tener nuestro bar de referencia, el bar de siempre, el de todos los días, el de los amigos; el gusto y el placer de vivirlo y compartirlo. Es un mundo propio el del bar», reflexiona el sociólogo Luis Navarro Ardoy, profesor de la Universidad Pablo de Olavide y promotor de las jornadas Soc&Beer, que trasladan su disciplina a los bares. Estos días pensamos con nostalgia en los dos tipos de establecimientos que suele distinguir el antropólogo Manuel Delgado: el bar al que se baja, como una extensión de nuestra casa que se ha incorporado a nuestras rutinas domésticas, y el bar al que se va, más propio de ocasiones especiales.

España suma casi cien mil bares y otros tantos restaurantes. Hay 2,8 bares de media por cada mil habitantes, pero están repartidos de manera desigual: en Benidorm, León y Ponferrada, los municipios mejor provistos, la tasa ronda el 5. Según un informe de Coca-Cola, los nombres más habituales son Plaza, Avenida, Parada, Central, Parque, Estación, Arcos, Manolo, Oasis y Paraíso, y otro estudio, en este caso de AIMC, afirma que pasamos un promedio de treinta minutos diarios en ellos, 46 en fin de semana. Los bares se han vuelto omnipresentes en nuestra literatura y han dado lugar a canciones como ‘El calor del amor en un bar’, aquel himno ochentero de Gabinete Caligari. «Cuando escribí la canción en 1985, sabía lo que decía –explica el líder del trío madrileño, Jaime Urrutia–. Había leído que España era el país con más bares por habitante del mundo y pasaba muchos ratos en los bares con amiguetes y novietas, soportando el mal o buen rollo de los camareros. La canción habla de bares de toda la vida, cutres y baratos, de cañas y restos de gambas por el suelo, no de los de pijos».

Vender felicidad

«El bar es símbolo de la cultura de los españoles y siempre ha sido punto de encuentro y socialización. Además, es clave para el impulso económico del país. Así lo demuestran las cifras de empleo, con más de 1,2 millones de trabajadores en el conjunto de la restauración», plantea José Luis Yzuel, presidente de Hostelería de España, la organización empresarial del sector. Nadie añora más los bares abiertos que ellos, los hosteleros, que suman a la angustia propia de la epidemia la preocupación de tener sus negocios cerrados. «El 95% tienen menos de diez trabajadores y, de ellos, el 45% sencillamente no tienen trabajadores, por lo que dependen exclusivamente de los autónomos. Son necesarias una serie de medidas que salvaguarden la continuidad de los negocios en cuanto finalice la crisis», añade Yzuel, que reclama la suspensión de cualquier pago a las administraciones, tanto de impuestos y cotizaciones sociales como de tasas, así como la paralización de las obligaciones económicas con los arrendadores de los locales, hasta que la situación recupere la normalidad.

Sostienen los bromistas que ese día, el día que todo vuelva a ser normal, nos va a pillar con tanta sed y tanta hambre atrasadas que consumiremos el equivalente a todas estas semanas. Será un equivalente amplificado de ese frenesí que enloquece a los habitantes de los países septentrionales el primer día que ven el sol. También al presidente de los hosteleros se le va el pensamiento hacia esa jornada en la que se abra por fin la puerta de toriles: «Ahora es fundamental que todos seamos responsables y nos quedemos en casa, porque, cuanto más comprometidos estemos, antes saldremos de esta situación. Ese será el momento de volver a disfrutar de nuestro ocio en bares y restaurantes, que forman parte de la cultura y la forma de socializarnos de nuestro país. Los establecimientos estarán deseando volver a vender felicidad cuando todo esto haya acabado».

Una caña de Mahou y una de boquerones en vinagre

No habrá nadie en toda España que no haya fantaseado con lo que va a hacer el ‘día después’, cuando cese el estado de alarma, y en muchas de esas ensoñaciones aparece en lugar destacado algún bar. Normalmente, para qué vamos a engañarnos, se trata de más de uno. Al presidente de los hosteleros no podemos ponerle en ese compromiso, pero ¿qué establecimiento será el primero que pisen nuestros otros dos interlocutores?

El cantante Jaime Urrutia, con la actividad profesional paralizada también por el coronavirus, reparte sus lealtades entre los de casa y los de fuera: «Estos días echo de menos todos los bares de carretera, que es donde normalmente vivo, donde quiera que sea. Y, lógicamente, los más cercanos a mi domicilio en Madrid, el Gómez y Casa Braulio, que tienen Mahou 5 Estrellas y buenísimos boquerones en vinagre, que es, normalmente, por lo que se mide un buen bar», dice el hombre que canta aquello de «bares, qué lugares tan gratos para conversar», una letra en la que optaba por pedir «una caña de Mahou y una de rabo de toro».

El sociólogo Luis Navarro Ardoy vive en la capital andaluza, un paraíso de bares, tapas y raciones, así que no sorprende que también tenga los planes hechos: «Una persona de bares como yo, un sociólogo de calle como me suelo identificar, sí o sí echa de menos muchos de los bares del barrio, ese barrio único y con tanta identidad en la ciudad de Sevilla que es el Cerro del Águila o, dicho de una forma más fina, Eagle Hill. Como me tengo que mojar, diré los tres bares que serán los primeros que visite cuando todo esto acabe, en un orden que dependerá del estado de ánimo y clima del día de la ‘expulsión’: En K’Rafaé, La Taberna y Micelas. ¡Nos vemos en los bares!».

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