Héroes los justos

En un solo día uno siente, sucesivamente, miedo y vergüenza, enfado y resignación, egoísmo y hasta generosidad. Pero he reconocer que de heroísmo no andamos sobrados. Estar encerrado es incómodo, carece de grandeza, y no te asegura calidad en la escritura. Ayer, con el recuerdo obsesivo de mi hijo en París, mi único acto heroico, volví de nuevo a la lectura de Víctor Hugo. En su libro ‘Cosas vistas’, hay un capítulo de sus notas durante el sitio de París de la guerra franco-alemana, entre el 17 de septiembre de 1870 y el 26 de enero de 1871. Un confinamiento que acabó con alto el fuego, y la ocupación simbólica de los Campos Elíseos que la armada alemana obtuvo y se produjo entre el 1 y el 3 de marzo. Aquella guerra y aquel sitio trajeron consigo la proclamación de la Comuna. En febrero de 1871 Víctor Hugo sentenció que París había sido víctima tanto de la defensa como del ataque. Ni estoy para sentenciar sobre estos temas, ni para hacer paralelismos entre confinamientos, no sea que mi amigo Fernando Flores me nomine como candidato a Capitán Aposteriori. Cuando uno compara las condiciones de nuestro confinamiento con el de Hugo se da cuenta de que en modo alguno podemos presentarnos como héroes de nada. Bajamos a hacer la compra y las tiendas están atestadas de mercancías. Nos quedamos en casa con agua, luz y gas, cientos de recetas que improvisar, decenas de novelas para ser leídas, y suficiente entretenimiento audiovisual como para ahogar el silencio que nos obsesiona. Nos asomamos al balcón y podríamos escribir un cuarteto por día sobre los distintos azules del cielo del atardecer sobre la Calderona. Son otros los héroes. La nutrición de París en aquellas fechas daría para un par de columnas. El Sena helado. Un frío espantoso. El 30 de diciembre de 1870 Hugo consigna que el día anterior cenó rata. Algunos días no sabe qué se está comiendo si caballo, perro o ratas. Un obús destruye la capilla de la Virgen de San Sulpicio y el 2 de enero anota con resignación que han abatido al elefante del Jardín de Plantas. Lloraba el elefante, pero se lo comen. Elefante, incluso oso, y seis mil bombas prusianas por día. Una cebolla y una patata cuestan un sueldo. Se confecciona paté de ratas. Escribe Hugo: «Dicen que está bueno». Émile Allix, su médico y corrector le lleva el 28 de noviembre un muslo de antílope del Jardín de Plantas. «C’est excellent», consigna Hugo. Para huir del confinamiento en que nos creemos héroes podemos comprar carne de todo tipo, pollo normal, campero y cercano a la fecha de caducidad. La heroicidad del aburrimiento. Sin cañones. Dejando pasar el miedo a lo de ahora y a lo que vendrá después.

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