Un macabro siete y medio

En la lucha contra las nuevas epidemias ocurre como en el siete y medio. O te pasas o te quedas corto. Trinidad Jiménez se pasó y se convirtió en el hazmerreir de propios y extraños. Y Salvador Illa se ha quedado corto y tarde o temprano pagará por ello. Mas no necesariamente porque la ministra del Gobierno de R. Zapatero pecara por exceso y el actual ministro por defecto, que también, sino porque, además, en lo tocante a plagas, del dicho al hecho hay un buen trecho. No todas responden por igual a su potencial poder destructivo. Y para terminarlo de arreglar, la Organización Mundial de la Salud se cura invariablemente en ídem y, a la que un nuevo virus empieza a causar estragos y no responde a los tratamientos conocidos, dispara la alarma en evitación de males mayores. Y si sale con barba, San Antón. Y si no, eso que llevan adelantado las autoridades sanitarias del planeta. ¿Qué hizo Jiménez cuando la OMS emitió la declaración de máxima alerta de pandemia por la gripe A? Adquirir a precios leoninos, como se están comprando ahora tantos productos contra el covid19, todas las vacunas que pudo conseguir en cuanto salieron, además de las que ya tenía encargadas contra la gripe estacional, hasta totalizar 37 millones de dosis. Pero como luego resultó que el mortífero H1N1 era más benigno que la gripe cíclica, en el 95% de los casos era asintomático y sólo se vacunaron tres millones de personas, Jiménez no tuvo más remedio que donar cuatro millones de dosis a la Organización Panamericana de Salud y quemar los seis millones restantes, valorados en 40 millones de euros. Con el covid-19 ha ocurrido lo contrario. Pero aún siendo cierto que el ministro ha pecado de reservón no lo es menos que las responsabilidades, desde las políticas a las sociales, están muchísimo más diluidas que en 2009. Por un lado, porque, a diferencia de Torra después, Díaz Ayuso se puso como un basilisco el día 11 cuando corrió el rumor de que el Gobierno iba a ordenar el confinamiento de Madrid; Ximo Puig le echó la culpa al ministro de la suspensión de las Fallas y de la Magdalena y de los clubes no hablemos. Y, por otro, porque la convicción de que las alarmas de la OMS eran como las de Pedro, el pastor del cuento, no podía estar más extendida. Esta vez la OMS ha acertado. Y los «millones de muertos» que no causó la gripe A, la aviar, la neumonía atípica o el Évola puede que los cause ese coronavirus que no provocaba «más molestias que una gripe común». Con el riesgo añadido de que los que antes se quedaron cortos en las precauciones se pasen ahora en los emplastos. Y los timen.

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