Perplejidad

Hipnotizado me quedo ante los esquemáticos bosquejos que representan el cuerpo humano en diversas posiciones justo antes de emprender una saludable tabla gimnástica. Las sencillas siluetas, con ese punto asexuado de aséptico futurismo, con esa limpieza como de rasgos borrados a base de lejía, van acompañadas de una numeración para que, paso a paso, perfilemos nuestro chasis con tendencia hacia el anquilosamiento en estas circunstancias.

Y miro y vuelvo a mirar y trato de comprender qué debo ejecutar para tonificar la musculatura. Y no entiendo nada. Mi sesera se transforma en un espeso boloncho mientras amenaza el cortocircuito. ¿Dónde apunto con el culo? ¿Y las piernas? Nada, que no me aclaro y entonces me largo desesperado para desparramarme sobre el sofá. Pero me embarga un extraño complejo de culpa, presiento que el resto del vecindario practica deporte a raudales desde sus moradas gracias a esos dibujos mientras yo despliego intolerable vagancia. Temo que alguien descubra esa laxitud mía fruto de la incomprensión y que me denuncie. ¡Hemos pillado a un cerdo que se niega a fortalecer su osamenta! Las susceptibilidades a flor de piel provocan chivatazos absurdos. Angustiado, aunque siempre desde el sofá, imagino que tras el enclaustramiento la peña saldrá a la calle con medidas de atleta olímpico, de amazona fibrosa. Todos menos yo. Por lo tanto escapo de la posición horizontal y regreso hacia esos diseños que favorecen nuestro movimiento, pero de nuevo me traspasa la perplejidad. Conozco bien esa sensación… Me ofuscaba cuando las matemáticas del instituto y, más tarde, cuando acudí al despacho del banco para que me explicasen la hipoteca que naturalmente firmé cegado por la palabrería técnica que te esclaviza a la entidad. Ignoraba que los dibujos gimnásticos causaban idéntico efecto.

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