Álvaro Gómez-Ferrer: «He tenido mente abierta, mano izquierda y mucha autoridad»

A medida que Álvaro Gómez-Ferrer ahonda en su pasado los recuerdos dejan de ser meras citas en el calendario de la vida para llenarse de emoción, quizás porque el ritmo vertiginoso del día a día -Álvaro sigue en activo- no le deja mirar atrás con pausa. Así que esta conversación remueve a la persona detrás de la que se esconde el arquitecto de relumbrón; el que ha escrito su nombre en la historia del patrimonio europeo a pesar de que tenía complicado poner el listón tan alto como lo había colocado su apellido en la medicina. Y, como si fuera la primera vez, mira a su alrededor en un estudio con techos altísimos, con las paredes cubiertas de libros y documentos que han ido conformando su historia profesional y también más humana -«tengo que ordenar tanto aquí»- en un maravilloso palacete en Bétera que heredó de su suegro, el paisajista Francisco Lozano.

-¿Por qué fue el único que no decidió seguir los pasos de la Medicina?

-Yo había ido de joven a ver operar a mi padre en el sanatorio de la Alameda y nunca tuve ninguna mala impresión. Al contrario, me gustaba. Pero no me gustaba muchísimo, y ese fue el límite de la decisión, porque pensé que si esto que lo conozco bien no es algo que me encante debe de ser que no es. Y me decidí enseguida por la arquitectura, una carrera difícil; solo había escuela en Madrid y Barcelona y encima yo era muy mal dibujante. No lo había hecho en mi vida.

-¿Regresó a Valencia a continuación?

-Después de nueve años en Madrid, que era lo que se alargaba la carrera en aquel momento, me volví enseguida porque quería casarme.

-¿Ya tenía novia en Valencia?

-La novia me vino a Madrid, que no es lo mismo, y los últimos años estuvimos juntos, ella estudiando Filología Inglesa. Terminé en junio y en julio ya era arquitecto municipal en Xàtiva, y en octubre me casé.Su mujer es Mercedes, una mujer amabilísima que ahora, ya jubilada, pasa gran parte del día cuidando de una casa y un jardín muy vividos, donde todavía hoy se pueden ver rastros del temporal ‘Gloria’, con un porche lleno de mesas y sillas que son punto de encuentro familiar y de amigos. Mercedes nos enseña los cuadros que conserva de su padre; alguno se verá en la exposición que está preparando el Centre Cultural Bancaixa y, minetras, cuenta su propia historia, la de una catedrática de Filología Inglesa de instituto que ha sido feliz traduciendo libros y tratando con adolescentes y con sus cuatro hijos, mientras el nombre de su marido iba engrandeciéndose.

Damián Torres

-Pero usted no se quedó de arquitecto municipal, sino que ha hecho muchas cosas. ¿Por qué?

-A los diez años dije: «todo lo que tenía que aprender aquí ya lo he aprendido», y me fui voluntariamente. También dejé la Escuela de Arquitectura, quizás porque he sido un inconformista, siempre he querido hacer más cosas. Siempre me he considerado una persona muy activa, que no he sabido decir que no.

-¿Ya de pequeño le pasaba?

-En el colegio siempre fui muy bien, por qué no decirlo, y fui coordinador de muchas actividades. Imagínese que a pesar del tiempo que ha pasado y de las ausencias, todavía nos reunimos los compañeros del colegio. En el Pilar tuvimos el mismo profesor durante cuatro años, y aquello nos unió mucho; era un marianista que tuve la oportunidad de volver a ver en dos ocasiones en Latinoamérica.

«Ahora necesito tiempo para ir a hacerme controles a los hospitales»

-¿Le ha pesado el apellido?

-No, yo creo que hemos sido gente bastante sencilla.

-Han llegado donde se proponían.

-Hemos trabajado muchísimo y yo he tenido mucha suerte, porque creo que es importante reconocerla. Por ejemplo, de que encima de mi casa viviera un arquitecto, Felipe Soler, que me dijo: «cuando acabes te vienes conmigo». Con él hice la obra de la que me siento más orgulloso, la iglesia de los Dominicos del Vedat.Habla de aquel proyecto, de lo arriesgado que fue, de la falta de presupuesto, de las noches sin dormir. La recuerda incluso más que otras obras de mayor relumbrón, empezando por las distintas fases de rehabilitación del Museo de Bellas Artes, que empezó a principios de los setenta. «Quizás he sufrido mucho». Cincuenta años dedicado a un proyecto que le ha dejado tiempo para muchas otras iniciativas, sobre todo su labor a nivel internacional como experto en patrimonio.

-Es miembro de honor de diferentes instituciones y sigue haciendo informes, proyectos.

-En parte me he jubilado; hasta 2016 todavía me subía a los andamios, pero tras acabar la última fase del museo ya no he ido detrás de otros proyectos, necesito tiempo para ir de control a los hospitales. Eso sí, sigo en activo en otros aspectos. Por ejemplo, en un grupo de trabajo sobre patrimonio y cambio climático. Pero el año pasado tuve que parar por un problema de salud grave.

«Claro que sigo en activo. Hasta 2016 todavía me subía a los andamios»

-¿Qué le pasó?

-Fue una semana antes de Fallas y no me encontraba bien. Nos íbamos a Barcelona, luego a Huesca, vino el médico, me dijo que reposara y cuando se iba me saltaron las lágrimas. Supongo que fue al notar que me quedaba solo. Sí, estaba con Mercedes, pero me sentí desprotegido. Y la médico, al verme así, me pidió que fuéramos al hospital. Mi hijo me operó rápidamente.

Damián Torres

-¿Su hijo?

-En mi familia las cosas son así, no le damos importancia, como mi hermano operó a mi mujer o a mi otro hermano. Pero se complicó. Escuchaba: «más adrenalina, más adrenalina». No podía pensar en nada. Me dio un infarto. Sin embargo, me recuperé, y mi hijo pequeño me dijo: «papá, Dios te ha dado otra oportunidad para que aproveches cada día». A veces sí pienso que estoy en el final de la vida. Reflexiono mucho, soy profundamente religioso, y creo que no hay que perder el tiempo, que es tan limitado.

-¿Le han quedado muchas cosas por hacer?

-Me gustaría leer todo lo que no he leído. Me sabe mal no haber profundizado más, que tengo tal dispersión que no me centro, aunque también pienso que es bueno que haya alguien que sepa un poco de todo. Entiendo que no se pueden tener las dos cosas. Pero, en el fondo, el matrimonio, la familia, ha sido para mí lo más importante.

«Hace demasiado buen tiempo en Valencia y la gente no protesta»

-¿Qué le ha aportado su mujer en su vida?

-Todo. Mercedes me ha dejado, primero, mucha libertad para ir de un lado a otro. Me ha hecho sentir seguro de que podía irme tranquilamente, sabiendo que atrás todo estaba bien. Además, hemos compartido mucho juntos: creencias, viajes, proyectos. No sé ni cómo he podido con todo.

Ahora sí pienso que estoy en el final de la vida«

-¿Y sus hijos?

-Los cuatro son excepcionales. Mercedes está en la universidad, estudió dos carreras al mismo tiempo; Natalia, arquitecto, está conmigo desde hace años y me ha permitido compartir tiempo con ella; Álvaro es urólogo del IVO, y Guillermo llegó a ser novicio de los marianistas y ahora es vicedecano en la Universidad Católica de Valencia. Todos, además, han cumplido con los hijos, y tengo trece nietos.

Damián Torres

-¿Ejerce de abuelo?

-Sí, claro que tengo tiempo para ellos. Procuro celebrar los cumpleaños de los nietos llevándoles al cine. El otro día vi ‘Jojo Rabbit’ con mi nieto de trece años, que yo pensé que igual era demasiado joven para ese argumento, pero al salir me dijo: «vaya película». Ahora están muy espabilados.

-¿Cuál cree que ha sido su punto fuerte?

-El consenso. Un amigo le decía a Mercedes: «Álvaro es hombre de comité». Y puede que sea así, que hay que tener mano izquierda pero también mucha autoridad. Reconocer que nadie ostenta la verdad absoluta y ser de mente abierta, pero al mismo tiempo plantarse cuando hay que hacerlo. Ser una persona segura de sí misma y tener bastante cara (ríe).

-¿Qué le gustaría que quedara de usted cuando ya no esté? ¿Cómo le gustaría que le recordaran?

-Es una respuesta muy difícil de dar. Mucha de mi entrega ha quedado oculta porque hice montones de informes que luego no han visto la luz. He tratado de ayudar mucho y he tenido una paciencia grande, pero tampoco he sido muy batallador en Valencia. Quizás debería de haber opinado más.

«Aún nos reunimos los compañeros del colegio del Pilar que quedamos»

-Le doy la oportunidad.

-Ay, Valencia. En Europa siempre me decían: «habla del río, de cómo se va transformando». Es un orgullo, pero aquí parece que se hacen las cosas siempre a medias. No puede ser que, por ejemplo, tengamos tres años cerrado el Palau de la Música. Yo creo que hace demasiado buen tiempo, que se está demasiado bien, y la gente no protesta.

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