La Gestapo del visillo

Los llaman «la Gestapo del visillo». Se refieren a esas personas que miran por la ventana y en cuanto ven a alguien caminando por la calle sin perro ni carro de la compra, abren, le increpan y hasta lo graban en vídeo. Incluidos sus insultos. Lo malo es cuando yerran, porque disparan antes de preguntar.

Pensaba en ello el otro día mientras sacaba a Whisky temprano para no encontrarme con nadie y recluirme luego. Eran las siete de la mañana y el perro ya se había parado dos veces para mirar a todos lados y olisquear el aire. Desde el confinamiento lo noto inquieto cuando no ve ni huele a nadie alrededor. Mientras yo insistía en seguir y terminar pronto el paseo, vimos a una mujer salir de su casa y subir al coche. Era tan pronto en tiempos de reclusión que no pude evitar pensar «ahí va una enfermera». Luego vi a otra y más tarde a un chico. Y volví a suponer: «una policía» y «un repartidor». No sé si acerté, pero mentalmente les di las gracias a ellos y a tantos como ellos. Porque al riesgo de su trabajo, a los malos tragos que estarán pasando, al miedo a contagiar a los niños, a los sueldos que no compensan y a la obligación de hacerse los fuertes, se une ahora una suerte de Inquisición oculta tras las persianas que se permite llevar a la hoguera a cualquier persona sin saber sus circunstancias.

Es cierto que hay irresponsables. Lo notas por cierto gesto de chulería que acompañan a un paseo distendido. Pero es la autoridad quien tiene que pedirles cuentas salvo vulneración flagrante, o sea, cuando hay cuatro chavales fumando porros en un parque muertos de risa. Aún en ese caso, parece más sensato llamar a la policía. Así, evitaremos hacer el ridículo y sobre todo hacer daño a quienes no solo no lo merecen sino que se ganan cada día nuestro aplauso. Si supiera que esas personas a las que veo subirse al coche temprano son, efectivamente, enfermeras, médicas o repartidores, les diría un «gracias» bien alto para que se lo llevaran puesto y les hiciera el día más liviano. Al menos para que, así, cuando volvieran por la noche y un vecino aburrido les gritara «hijo de, vete a tu casa», después de una jornada maratoniana de 15 horas sin haberse sentado más que veinte minutos para comer, pudieran echárselo a la espalda y evitar el gesto amargo al encontrarse con su familia. Como dicen los juristas: «más vale un culpable en la calle, que un inocente entre rejas». Pues mejor una médica que llega a casa sin recibir insultos, aunque un bandarra se crea el listo de la clase porque nadie le dice lo irresponsable que es.

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