Confinados, pero no silenciados

El primer empeño de cualquier sistema totalitario es eliminar toda forma de disidencia. El primer instrumento para eliminarla es deslegitimarla. Y el primer argumento para deslegitimarla es apelar con vehemencia a la necesidad de que ante las amenazas externas -y para los totalitarismos, cualquier coyuntura entraña una amenaza- el pueblo permanezca unido y sin fisuras detrás de sus dirigentes.

Es obvio que el de España no es un sistema totalitario, pero también lo es que ni nuestro país ni ninguna otra democracia del planeta cuenta a día de hoy con vacuna eficaz contra ese virus, y que para prevenir su contagio no queda otra que practicar el civismo -«celo por las instituciones e intereses de la patria», lo define el Diccionario- de manera cotidiana. Lo dicho viene a cuento de los reiterados llamamientos que desde que estalló la crisis del coronavirus ha venido realizando el Gobierno para que los españoles demos un testimonio de unidad -«Este virus lo pararemos unidos», proclamó Pedro Sánchez al anunciar su intención de decretar el estado de alarma-, cifrando en ello la clave para salir adelante en la compleja situación en que nos hallamos.

Si el llamado de Sánchez es a que en estos momentos de incertidumbre los ciudadanos nos apoyemos y nos ayudemos los unos a los otros, y a que las instituciones se coordinen y se complementen entre sí, la apelación a la unidad no podría ser más adecuada a la gravedad del momento. Pero tengo para mí que el propósito de esta inesperada apología de la unidad nacional por parte del Presidente del Gobierno tiene menos que ver con la necesidad de potenciar la solidaridad entre los españoles que con la conveniencia de acallar -o si es posible, incluso abortar- las críticas a su modo de gestionar la crisis del coronavirus. Y que tal vez estemos a solo dos telediarios de empezar a tachar de insolidario, antiespañol, fascista, o compañero de viaje de la pandemia, a quien ose criticar sus políticas.

Lo que nos salvará de la pandemia será quedarnos en casa, no quedarnos callados

Pero lo que salvará a este país de la pandemia será que nos quedemos quietos en casa, no que nos quedemos callados; que sigamos las directrices de las autoridades, no que permanezcamos mudos ante sus errores; que evitemos los comportamientos de riesgo, no que renunciemos a nuestras libertades. Porque en una sociedad democrática la obediencia a las leyes no está reñida con la discrepancia respecto de ellas, y en esa regla no hay pandemia ni estado de alarma que pueda introducir excepciones. So pena de caer víctimas de una enfermedad más letal aun que la que ahora nos acecha: la de la sumisión al poder.

Leave a Reply