El cabo García

La formación ha sido desarbolada por las continuas andanadas de la artillería enemiga. Ahora, cada individuo busca con desesperación su propio refugio. El cabo García se ha acurrucado junto un talud de tierra que ha creado la explosión de una bomba de mortero. Agarra fuertemente el fusil con la mano derecha y lo aprieta contra su pecho. Con el encogimiento de todas sus extremidades busca reducir silueta y dificultar la puntería de esos fusileros invisibles del otro bando. El miedo le atenaza, le paraliza. Ya no es capaz de notar la brisa fresca y su resuello acelerado levanta algunos granos de tierra sobre la que descansa su cabeza. Intenta ordenar las ideas y recordar lo aprendido en la instrucción, pero no lo consigue. Pasan tantas cosas por su cabeza: su familia, sus amigos, su feliz vida anterior… ¿Quiénes le han llevado a esta situación tan horrible? Les maldice una y otra vez mientras aprieta los dientes y deja ver su color marfil; ya llegará el momento de ajustar cuentas. Las bombas siguen cayendo a su alrededor y las balas silban e impactan continuamente con cualquier objeto que le rodea. Cada vez que eso sucede da un respingo y encoge los hombros con un movimiento espasmódico. Tiene tiempo de mirar hacia la posición más retrasada y observar horrorizado los cuerpos inertes de sus compañeros. No los reconoce, pero sabe que pertenecen a su batallón. Siente frío y calor a la vez. De repente, las abrumadoras ganas de llorar; no lo hace, quizá algún subordinado le está observando. El olor a pólvora enrarece el aire que respira, pero de vez en cuando el viento transporta el dulce olor a tierra mojada. Decide que ya ha llegado el momento de acabar con la parálisis provocada por el pánico. Quedarse agazapado es morir; sabe que si se levanta y corre hacia delante tendrá alguna oportunidad de vivir, hacerse viejo junto a su mujer, ver crecer a sus hijos, abrazar a sus seres queridos… Una fortaleza inesperada hinche su pecho y, apoyándose en sus nudillos, se reincorpora. Lanza un grito que llega a quebrar su voz: «¡Adelante!». A la vez mueve su brazo izquierdo extendido hacia el cielo de atrás hacia delante con tal fuerza que corta el aire. Puede que le hieran; si es así, continuará el avance… no hay alternativa. El entrenamiento, la disciplina y las órdenes precisas, pero sobre todo su coraje, le sacarán de ésta. Recuerda aquella conversación con un veterano cuando era un novato: en cualquier guerra la probabilidad está de su lado; serán muchos más los que lleguen al otro lado de la línea para poder honrar la memoria de los que quedaron atrás y conquistar la victoria. Será él.

Leave a Reply