Cinco monstruosos asesinos en serie

Sin piedad y en varios casos haciendo gala de sus crímenes, tribunales de Colombia, Pakistán o Rusia dictaron veredicto contra los asesinos en serie más mortíferos del último siglo. Estas son las historias de cinco de ellos.  

Luis Garavito (colombiano, nacido en 1957), alias el monstruo de GénovaLa bestia.  Este asesino en serie se presentaba a sus víctimas como monje, indigente, discapacitado o representante de fundaciones ficticias que trabajaban en favor de ancianos y niños. Parte de sus asesinatos salieron a la luz en 1998, cuando un grupo de niños que jugaba al fútbol en un descampado de la ciudad colombiana de Pereira encontró un esqueleto. Al poco, aparecieron otros en otras zonas de la ciudad, enclavada en el eje cafetero de Colombia. Los cadáveres resultaron ser de niños y adolescentes, en su mayoría varones, de entre 8 y 16 años, y todos de origen humilde. Habían sido degollados o estrangulados con cuerdas de nailon, unas cuerdas que se convirtieron en la firma de un mismo asesino.

Luis Garavito, en una imagen de 1999.Luis Garavito, en una imagen de 1999. AP

Garavito terminó detenido en 1999 cuando pretendía abusar nuevamente de un menor de edad. Ante el fiscal confesó que había matado a 20 niños, pero al poco aumentó la cuenta hasta una cifra aún más escalofriante: 140. Durante ocho años había dejado un reguero de muerte y dolor en su país y en el vecino Ecuador. “Lo hice para vengarme de la sociedad”, confesó. De niño había sido violado, maltratado y expulsado de su casa. Las investigaciones fueron sumando casos hasta que en 2000 fue condenado a 835 años de prisión por 32 causas y acusaciones de violación y muerte de 189 niños, de entre 8 y 16 años. El pasado 10 de marzo fue trasladado de la prisión de alta seguridad de Valledupar a un hospital por un cuadro clínico de anemia. 

Pedro Alonso López (colombiano, nacido en 1948), el Monstruo de los Andes. Condenado por el asesinato de 110 niñas. Desde 1969 a 1980, este asesino dejó un rastro de muerte en su país y los vecinos Perú y Ecuador. Llegó a asesinar hasta a tres víctimas por semana. Las engañaba haciéndoles creer que se trataba de un vendedor ambulante o una persona perdida, y así las atraía a lugares apartados, donde las violaba y las estrangulaba; en otros casos, abusó de los cadáveres. Al cabo, las enterraba en tumbas poco profundas. El periodista Ron Laytner lo entrevistó mientras cumplía pena en la prisión ecuatoriana de Ambato. “Andaba por los mercados buscando chicas que tuvieran una determinada apariencia, una apariencia de inocencia y de belleza”, apuntó. Luego, las seguía “durante dos o tres días, buscando el momento en que se quedaran solas”. Un experto forense, Luis Jiménez, señaló al periódico El Tiempo que se trataba de un asesino “de corte psicopático”, con una “inteligencia superior”. Tras salir de prisión en 1978 por una condena de robo que se agravó con el asesinato de varios compañeros de presidio, Alonso se desplazó a Perú donde acechó a nada menos que un centenar de menores de entre 8 y 12 años. Los años en la cárcel no le granjearon arrepentimiento alguno. “El momento de la muerte es apasionante, y excitante. Algún día, cuando esté en libertad, sentiré ese momento de nuevo. Estaré encantado de volver a matar. Es mi misión”, recogen sus confesiones a la policía ecuatoriana. En 1998, escapó de una institución psiquiátrica en Colombia, un año después acudió a recoger un documento de identidad y no se le volvió a ver.

Javed Iqbal (pakistaní, nacido en 1956 y muerto en 2001), Kukri. “Serás estrangulado hasta la muerte frente a los padres de los niños que asesinaste. Tu cuerpo será cortado en 100 pedazos y puesto en ácido, el mismo modo en que mataste a los niños”. Así rezaba la sentencia que un tribunal de Lahore impuso a Javed Iqbal, el mayor asesino en serie de Pakistán. La rabia del juez que la dictó se topaba con el ordenamiento jurídico del país y, además, se cumplió solo en parte, porque Iqbal murió colgado, sí, pero al suicidarse en su celda. Mucho antes de ese final, el asesino se dedicó durante años a captar a niños de entre 6 y 16 años. Los estrangulaba, desmembraba los cuerpos y disolvía los restos en ácido clorhídrico. Sorprendentemente, fue él mismo el que lo confesó, en una carta a la policía de Lahore, en la que además señalaba que los niños habían sido vejados sexualmente y ridiculizaba a los agentes por no darle captura. “No siento remordimientos. He matado a 100 niños. Podría haber matado a 500. No era ningún problema. El dinero no era ningún problema. Pero había prometido matar 100 niños y no quise ir más allá”, señaló a un periódico de su ciudad.

Mijaíl Popkov, en el tribunal que lo condenó en 2018 en Irkursk (Rusia).Mijaíl Popkov, en el tribunal que lo condenó en 2018 en Irkursk (Rusia). AFP

Mijaíl Popkov (ruso, nacido en 1964), el Hombre lobo de Siberia o la Bestia de Argarsk. Este policía se llamaba a sí mismo El Purgador y decía querer “limpiar Siberia de mujeres inmorales”. Captaba en la calle a sus víctimas, la mayoría mujeres de menos de 40 años. Las invitaba a tomar algo. A veces las montaba en su coche patrulla, fuera del horario. Luego, las violaba y las mataba con hachas, cuchillos o destornilladores. Bastaba con que aceptaran tomarse algo con él para que les quisiera dar muerte. “Dijo que había perdonado a tres mujeres porque no quisieron tomar un trago con él. Las acompañó e incluso las ayudó con sus bolsas”, apuntó el fiscal del tribunal que lo condenó en 2018 a cadena perpetua. Había matado a al menos 78 mujeres, y de ellas, a no menos de 10 las había violado.

Daniel Camargo Barbosa (colombiano, nacido en 1930 y muerto en 1994), el Sádico del Charquito o el Monstruo de los Manglares. El nombre de Camargo quedó asociado con el primer crimen en serie de la historia moderna de Colombia. Su reguero de crímenes se extendió durante 16 años, de 1976 a 1990, tanto en su país como en el vecino Ecuador. Se asoció con una pareja para capturar a sus víctimas, a las que retenía acusándolas de haber robado en un comercio del que él fingía ser el guarda. La pareja-cómplice de Camargo aparecía en escena, procuraba ayudar a la incauta víctima, y la dirigía hacia una cafetería, donde la drogaban. Luego, él abusaba de las jóvenes. Más de 170 niñas y jóvenes fueron asesinadas por el Sádico. En 1977 fue condenado a 30 años de prisión, pero consiguió escapar en 1984. Siguió cometiendo asesinatos y en 1986, en un control de carretera en Ecuador, fue identificado. Pasó los últimos años de su vida en la cárcel, donde fue asesinado por otro presidiario, familiar de una de las jóvenes violadas y asesinadas.

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