A puerta cerrada

De alguna manera tendremos que contribuir los plumillas y juntaletras, desde un oficio que parece prescindible en tiempos de emergencia, pero que se vuelve importante en un contexto que implica aislamiento y horas muertas, para que la cuarentena les resulte a nuestros lectores un poco más llevadera. Esta idea parece haberla entendido mejor que nadie la escritora Elvira Lindo, que publicó una de esas novelas inmersivas y veloces incluso antes de que el bicho desestabilizase nuestras vidas. Háganme caso: si tienen la posibilidad de hacer un pedido en su librería de confianza, o de comprar un libro en formato electrónico, para llenar sus tardes de confinamiento, lean ‘A corazón abierto’ y sumérjanse en una historia familiar que traspasa épocas y fronteras mentales.

Da igual que hayan vivido una guerra o que no. No importa que hayan sufrido, que hayan sido adolescentes rebeldes o niños bien, que alguien querido se les esté escapando o que todavía no sepan de qué va la película. Para entendernos hay que narrarnos, y Lindo tiene algo en su escritura que conmueve y electriza: será porque en sus textos comprende que las cosas que importan no se construyen con sangre ni con ladrillos, sino con intuiciones perseguidas, respiraciones contenidas y asaltos cotidianos. De la mano de Manuel, ese padre que un día fue también niño, vivirán la cuarentena con el olor salino de Cádiz en la punta de la nariz, con el bullicio de una estación de fondo o desde un balcón a la plaza del Campillo del Mundo Nuevo, en Madrid, donde florecen las violetas que se le niegan al crío fuera de la imaginación. Quédense en casa, lean buenos libros como éste, y vivan a corazón abierto. Aunque sea a puerta cerrada.

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