La campaña de los hospitales

No es para no tomarse a risa lo que está sucediendo. Pero no creo que a Pedro Sánchez le haya hecho mucha gracia que Ximo Puig compre tres hospitales de campaña. Yo les explicaré por qué entre bromas y veras. Porque es como si hubiera mentado la soga en casa del ahorcado. El anuncio del presidente de la Generalidad ha venido a coincidir con el descubrimiento periodístico de una decisión gubernamental inoportuna. La disolución hace apenas nueve meses de la Agrupación Militar de Campaña. La única unidad capaz de montar en cuestión de horas el macrohospital de campaña incorporado al Ejército en tiempos de Zapatero para hacer frente a posibles epidemias o ataques con armamento radiológico, biológico o químico. Una instalación que habría podido ser utilizada ahora perfectamente para descongestionar la red hospitalaria de las zonas más afectadas por la pandemia por cuanto contaba con todo lo necesario para mantener a pacientes en régimen de aislamiento. Aunque en cantidades bastante más modestas que los hospitales de campaña adquiridos por la Generalidad en un visto y no visto: tres quirófanos, 92 camas, lavandería y otras muchas dependencias, entre las que no faltaba una morgue, distribuidas en 80 tiendas de campaña, frente a las 500, 400 y 200 camas que albergarán los del Consell. Razón de más para que Sánchez se mosquee. Máxime si tenemos en cuenta que el que Margarita Robles arrumbó en junio de 2019, valga apostillar en su descargo que porque no albergó jamás a un solo herido, enfermo o damnificado, costó 27 millones, tres veces más que los tres que ha comprado Puig. Un chollo que no puede hacernos olvidar que muchas de estas jaimas no serían necesarias si todo el esfuerzo humano y económico que invirtió el Consell en desalojar a Ribera Salud del Hospital de La Ribera lo hubiera dedicado al cumplimiento de su propio programa sanitario en cuestiones más lógicas. El clausurado hospital militar, por citar una de ellas, no es que estuviera «previsto y provisto para episodios como el del coronavirus», tal como deslizaba el teniente coronel en la reserva Miguel Aparici en un luminoso artículo publicado en estas mismas páginas. Es que contaría ya con las 160 camas que el Botánico pensaba destinar a enfermos crónicos, largas estancias y salud mental si no se hubieran perdido por el camino los 100 millones contemplados en el presupuesto de 2016 y los 26 agregados en el de 2018. ¿Cuántos enfermos podría estar en condiciones de acoger La Fe de Campanar si se hubiera cumplido alguna de las promesas contraídas por la Administración con el barrio, no digamos ya si no se hubiera abandonado?

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