Heroínas en el supermercado

Después de varios días de confinamiento, de teletrabajo en zapatillas y de cruzarme conmigo mismo en el espejo de casa y de preguntarme cómo has pasado la tarde, el pasado viernes salí a la calle. A esa calle que me cuesta reconocer sin murmullos ni cláxones, pero que no me disgusta en silencio tanto como imaginaba. Hasta ese instante mi contacto con el exterior había llegado por pantallas y por el balcón en el que nos citamos a las ocho para ponernos cara a ritmo de aplausos.

Me enfrento a ciudadanos anónimos a los que antes no les concedía importancia y entre los que ahora busco cómplices, con poco éxito, puesto que todos nos protegemos con máscaras y giramos la cabeza venciendo a la curiosidad para evitar posibles contagios. Pienso en el momento de volver a saludar por la mañana al hijo de Boro, el dueño del bar de mi plaza, que empieza a montar la terraza cuando voy a trabajar; en cruzarme, yo desde la bici y ella andando, con Ana, una excompañera con la que coincido por la avenida Tres Forques que tan recorrida la tengo; o en entrar a la redacción a una hora en la que todavía está muy vacía y ver asomar la cabeza de Jesús que casi vive allí. Son rutinas en las que no había reparado hasta que una epidemia me ha privado de llevarlas a cabo con normalidad.

Me coloco en la fila para entrar en un supermercado cercano y comienzo a percibir el nerviosismo de muchos de los que como yo han de aguardar por las restricciones impuestas desde Sanidad con el fin de que no provoquemos aglomeraciones. Y a partir de ahí reconozco que me desespero y me desanimo a partes iguales. A ver si ese sentimiento de solidaridad colectivo es un espejismo y luego a la mínima de cambio damos rienda suelta a una furia primitiva.

A ver si ese sentido de solidaridad colectivo es un espejismo y luego damos rienda suelta a la furia primitiva

Escucho las protestas de quienes tienen prisa -esta crisis debería hacernos reflexionar sobre el modo en que administramos nuestros tiempos- y asisto a cómo lo pagan con la encargada de gestionar los turnos de entrada («no se entera de nada», «está atontada») y más tarde con las dependientas y cajeras («no te das suficiente prisa», «no tenéis de nada»). Es lógico que el agobio nos invada por el encierro y el miedo, lo que no es de recibo es que lo descarguemos con quienes nos ayudan a sobrellevar de la mejor manera esta anómala situación. Porque cuando todo esto pase (esa expresión la vamos a desgastar de tanto usarla) nos deberemos acordar de las costumbres tontas que nunca apreciamos, de los héroes y heroínas anónimos con los que convivimos y a los que no habíamos reconocido hasta ahora porque no llevan capa. Y porque estamos ciegos y algo tontos. Aunque eso tiene remedio.

«Llevo dos horas aquí», les espetó una mujer desairada a la cajera del supermercado. «Ya verá lo buena que le va a saber la comida ahora», le respondió ella sin perder la sonrisa. Menudo cuajo. Me puse a aplaudir. Eso ya se va a quedar también como un hábito.

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