El alto precio de vencer al virus

El centro comercial de Taikooli es una de las zonas más concurridas de Pekín. Un grupo de personas esperaba el viernes para cruzar de acera. A ambos lados de la calzada aguardaba una veintena de peatones, evitando la aglomeración. Pero esto es ya una mejoría: en febrero, esta calle estaba tan desierta que se habría escuchado el ruido de una moneda al caer al suelo. Y todo ese silencio cuesta una fortuna. China empieza a recuperar la normalidad después de que la lucha contra el coronavirus, que se ha cobrado más de 3.200 vidas, provocara un cierre absoluto. Con la infección por fin a raya, el país se prepara para recibir un segundo impacto: el de su factura económica.

Las predicciones para el primer trimestre apuntan a un retroceso histórico del PIB. Si se cumplen los augurios, el resultado será negativo por primera vez en casi medio siglo: su economía no menguaba desde 1976. La diferencia, no menor, es que entonces China era la octava economía mundial y hoy está cada vez más cerca del primer puesto: es casi 10 veces mayor.

El gigante asiático no ha detenido su paso desde entonces, avanzando a zancadas superiores al 10% anual hasta en 14 ocasiones. Sus números se han mantenido indemnes frente a infortunios como la matanza de Tiananmen de 1989, la crisis financiera en 2008 o la guerra comercial con EE UU el año pasado. El conflicto con la Administración Trump contribuyó a dejar el marcador en 6,1%, el peor resultado en 29 años, pero el virus amenaza con convertir esa progresiva desaceleración en una recesión fulminante.

Las previsiones de los analistas para los tres primeros meses de este año van del -4.2% de Standard Chartered Bank al -9% en el que coinciden Goldman Sachs y Nomura. Desde esta semana, el coronavirus ya se mide en números: la producción industrial —un dato fundamental para la llamada “fábrica del mundo”— cayó un 13,5%. Las ventas al por menor, expresión del consumo, retrocedieron la quinta parte. La inversión en activos fijos perdió un 24,5%. No solo los resultados de estos tres indicadores fueron peores de lo esperado, sino que en la serie histórica no constan cifran peores. No hay un solo lugar donde el golpe no duela: el impacto del cierre afecta a todas las dimensiones de la vida económica. El paro aumentó del 5,2% al 6,2%, su cota más alta hasta la fecha. Esto se traduce en que casi cinco millones de personas perdieron su empleo en solo dos meses.

Por todo ello, y con las infecciones a priori bajo control, el Partido Comunista vira para hacer de la recuperación una nueva prioridad. Antes de la debacle, el calendario chino tenía dos grandes propósitos este año: acabar con la extrema pobreza y doblar el tamaño de su economía respecto a 2010. El pasado lunes, sin embargo, el diario oficial China Daily apostaba por erradicar la extrema pobreza, pero señalaba que el segundo objetivo se materializaría “alrededor de 2021”.

Así lo ratificó el primer ministro Li Keqiang. “No es de gran importancia”, aseguró, “que el crecimiento sea un poco más alto o un poco más bajo mientras el mercado laboral permanezca estable”. “El Gobierno quiere que las empresas mantengan los salarios e incluso contraten nuevos trabajadores. Esto pondrá presión sobre sus beneficios, pero el mensaje central es que todos estamos en el mismo barco”, afirma Zhu Tian, profesor de la escuela de negocios CEIBS.

Las declaraciones del primer ministro Li inciden en la importancia del empleo en dos dimensiones. La primera, como palanca para reactivar el tejido productivo. Los índices de actividad de la consultora Trivium estiman que la economía china ya funciona a un 70% de su capacidad, pero las pymes siguen en el extremo más débil. La industria se enfrenta a dos carencias acuciantes: le falta tanto de productores como de consumidores. Al sistema le urge movilizar a la masa de trabajadores migrantes atascados en sus casas.

El riesgo del paro

Con los focos más peligrosos del coronavirus desplazados a Europa y a EE UU, en Pekín ahora preocupa que una demanda externa endeble lastre su recuperación. Al mismo tiempo, una caída en el consumo puede hacer aún más dura la situación en Occidente. “La Gran Depresión es el modelo más próximo a lo que sucederá en los próximos meses, más que la crisis financiera de 2008”, expone Alicia García-Herrero, economista jefa para Asia de Natixis: “El mundo se ha parado. No es una recesión, es una depresión. Y China no se puede aislar. La única solución son políticas coordinadas”.

La segunda derivada del desempleo es su capacidad de generar descontento popular, algo fundamental en un modelo cuyo contrato social intercambia libertad individual por prosperidad. En este contexto de ralentización, es inevitable que los ingresos domésticos se resientan. “Las rentas familiares en China han evolucionado en paralelo al PIB. Ahora se prevé entre un 2% y 3% de crecimiento para 2020, pero es que hace años las rentas avanzaban a un ritmo del 10% anual. No va a ser fácil”, argumenta García Herrero. “Por eso el Gobierno procura, casi a costa de todo, que el desempleo no aumente”.

La prosperidad económica es la primera fuente de legitimidad para el Partido. Y para el Partido no hay nada por encima del Partido. Al fin y al cabo, todos los billetes, pese a no hacer ruido al caer, llevan impresos el rostro de Mao.

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