Un entierro sin abrazos

Aquí estamos, mamá. A dos metros unos de otros. Jamás me había imaginado tu despedida tan triste. Sólo somos diez porque no se permiten más en el tanatorio. Te apagaste hace tres días y no te hemos podido velar hasta hoy. Mueren tantos en Madrid estos días que no nos dieron hueco antes. La despedida final convertida en un problema de agenda.

Tres días en los que se han alternado las lágrimas con los mensajes de cariño. Tantos, que nunca nos hemos sentido tan solos y tan acompañados al mismo tiempo. Pero aquí estamos ya. Sin acercarnos unos a otros. Sin mezclar nuestras lagrimas. Sin un abrazo por temor a contagiar o a contagiarnos. Nosotras tres, tus hijas, somos grupo de riesgo y los demás nos protegen como en una urna para que no nos contagiemos. Lloramos a distancia, aunque sintiéndonos juntos, consolándonos con palabras y con miradas. Te recordamos, con tus libros, tus paellas, el filete con patatas que tanto les gustaba a tus nietos, y las partidas de continental que jugabas incansablemente con ellos. Y recuerdo, sobre todo, que siempre estabas pendiente de nosotros. No tuviste una vida fácil. Fuiste una niña de la guerra, tu padre y tus dos hermanos murieron demasiado pronto. La vida tampoco te dio todo el tiempo que hubieras querido con papá. Ahora, al fin, tantos años después estaréis enterrados juntos como querías.

No sabemos si el coronavirus ha acelerado tu marcha. Pero sí nos ha robado el último abrazo, el estar contigo en el último momento. Llevábamos días sin poder verte, sin darte esos besos que tú, con los recuerdos perdidos hace ya tanto tiempo, no sabías quién te los daba. Sin esas risas que lograba arrancarte Raquel en los breves momentos en que se despejaba la niebla de tu mente. No le perdoné al alzheimer que te dejara tan vacía que no pudieras reconocernos, y no le perdono al coronavirus la soledad de tu marcha. La que nos deja un agujero por dentro, una congoja que no se mitiga.

En el tanatorio estamos los que hemos podido venir. Verás que falta Alejandro, enfermo de COVID-19 tras atender durante días a pacientes del virus. Tampoco está Anaclara, trabajando en Honduras y sin poder correr a nuestro lado. Todos tenemos el corazón roto, una tristeza infinita. Sólo cuatro horas nos han permitido velarte. Aquí estamos, conteniendo las ganas de agarrarnos en el sollozo, en la pena. En una soledad física impuesta por un virus que no da tregua. Más que nunca necesitamos el consuelo de estar pegados unos a otros. No vamos a borrar el nombre de Abuela del grupo de whatsapp de la familia porque tú fuiste nuestra cuerda de unión, la que estaba siempre sin una queja cuando se la necesitaba o cuando invadíamos tu casa en la víspera de Reyes acoplándonos como podíamos para vivir juntos una noche mágica. Porque siempre, pero sobre todo ahora, ¡cuánta falta hace un abrazo!

Te recuerdo, mamá.

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