La inestabilidad de los mercados agrava la crisis de la economía real

¿Por qué me tiene que importar que la Bolsa caiga si no tengo acciones? En primer lugar, porque su evolución anticipa lo que puede pasar en la economía. Es un termómetro que mide las expectativas de los grandes inversores, los que tienen más información y los que tienen mayor poder de mover los precios. Aunque, según Marián Fernández, de Andbank, a veces las Bolsas tienen reacciones exageradas, tanto al alza como a la baja.

Pero el deterioro de los mercados tiene impacto en la economía real. Como dice Santiago Carbó, de Funcas y el IVIE, mucho ahorro de la gente está en activos cotizados. Su pérdida de valor tiene impacto en la sensación de riqueza de los hogares, que tienden a reducir su consumo, lo que ahonda la crisis. «Una caída bursátil es un shock que se lleva riqueza de un plumazo», afirma Antonia Díaz, profesora de la Universidad Carlos III.

El deterioro económico también lleva a rebajas de los tipos oficiales. Ello, dice Carbó, tiene efectos a veces negativos: las próximas refinanciaciones de las empresas deberían ser con tipos más bajos y a los inversores puede no merecerles tanto la pena como las emisiones previas, lo que puede complicar que salgan adelante nuevas operaciones de financiación o sean más caras.

En los últimos días la inestabilidad de los mercados, según el analista Juan Ignacio Crespo, ha elevado el coste de los bonos corporativos (se ha ampliado la prima de riesgo del sector privado, que ha pasado de los 200 a los 600 puntos), lo que anticipa un encarecimiento de los costes de financiación de las empresas, fenómeno que puede mermar los recursos de los que disponen para invertir o mantener el empleo, por ejemplo, especialmente en las compañías financieramente más estresadas. Preocupante es lo que ocurre con las empresas ligadas al petróleo, que se ha hundido. El mercado teme que con el crudo a 25 dólares, muchas compañías no podrán repagar su deuda. Ante ese temor, los inversores venden sus bonos, lo que tiene el efecto de que sus costes de financiación se incrementan justo en el peor momento y es la propia dinámica endiablada del mercado la que termina ocasionando las quiebras. Y ello, como señala Crespo, desencadena un efecto dominó en el resto de la economía, en los acreedores, en el empleo, en los proveedores…

Así se entiende que los bancos centrales anuncien más compras de bonos para reducir los costes de financiación o que los Gobiernos desplieguen avales para el crédito empresarial: es un mensaje de tranquilidad para los mercados, para que sigan financiando a las empresas sin estresar las condiciones. Sobre todo en un momento en que el «mayor aval» –como lo llama Díaz– de las empresas, su valoración bursátil, ha sufrido un gran rejonazo: «Si el valor de las acciones de una empresa cae, su capacidad para acceder a financiación también se deteriora, porque sus garantías son peores».

De ahí también las medidas que se adoptan para contener las caídas bursátiles. Por ejemplo, las suspensiones de actividad en la Bolsa de Nueva York cuando se traspasan ciertos grados de caídas. O la prohibición de las posiciones cortas, que engordan artificialmente las caídas, porque pone a la venta artificialmente mucho papel bursátil. Y por ello también se comprende que haya saltado la polémica respecto a si tendrían que cerrarse las Bolsas para proteger el valor de los activos.

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