EL CORONAVIRUS ESTUVO AQUÍ DENTRO

Los lectores tienen derecho a saber que a finales de febrero un brote de coronavirus arraigó dentro de LAS PROVINCIAS, lo contamos desde el primer día, pero el asunto merece una explicación más detallada que la estricta comunicacion del recuento. Todo empezó con el viaje a Milán de un periodista radiofónico que opera en unos estudios que tenemos alquilados en la planta baja del edificio. Fue así pero podría haber sucedido de infinitas maneras diferentes, da igual. El azar hizo su juego. A partir de ahí, empezó el goteo. Comenzaron las dificultades. El desasosiego. Las preocupaciones. El miedo. También la responsabilidad y el pundonor. Tomamos las primeras decisiones de inmediato, esa noche, con el personal más vulnerable. Suspendimos la asistencia a un evento de la profesión periodística en la que estábamos premiados e invitamos a quienes pudieran sentirse más inquietos a marcharse a casa y ganar unos días de margen, hasta que tuviéramos más certidumbres. Nos asesoramos con las autoridades sanitarias, que por aquellos días instaban a mantener una vida «absolutamente normal», más allá de extremar la higiene personal. Del primer infectado pasamos al segundo y luego al tercero. Era demasiado. Decidimos sistematizar una metodología de funcionamiento nueva, a nuestro buen entender e ingenio, porque nadie sabía nada ni era capaz de darnos pautas o indicaciones laborales; tuvimos que ser pioneros a la fuerza y de manera intuitiva. A primeros de marzo, en unas pocas jornadas, tras programar varias decenas de ordenadores portátiles, logramos mandar al grueso del personal a sus casas para trabajar desde allí. Desde entonces, en la Redacción apenas queda un grupo de cinco personas repartiéndose entre ellos todas las tareas de coordinación y edición, de las siete de la mañana a la una de la madrugada. Chapó a todos los compañeros.

Así seguimos. Escribimos esto porque el lector tiene derecho a saberlo. A conocer que ocho trabajadores de LAS PROVINCIAS han acabado infectados por el coronavirus, afortunadamente la mayoría de ellos ya están totalmente curados y restablecidos. Afortunadamente también, otros cuarenta compañeros han dado negativo en las pruebas del virus cuando presentaron síntomas sospechosos. Para cualquier medio de comunicación, cubrir una pandemia sanitaria y un estado de alerta nacional ya suponen un reto enorme. No digamos si a una situación tan excepcional se suma la rémora de tener parte del personal enfermo y hacerlo con medios precarios y con un temor inevitable sobre tu estado de salud y el de tu entorno. No es cuestión de sacar pecho, sino de dejar constancia de un trabajo extraordinario tanto en la edición impresa como en la digital, con grandes resultados además. Llevado a cabo más allá de la obligación profesional y que una vez más sólo se comprenden por la vocación, la íntima responsabilidad y esos vínculos inmateriales que conectan una comunidad de lectores con su cabecera de referencia. Nos sentimos recompensados. Por las muestras de aliento, de solidaridad y los fabulosos datos de circulación de noticias que estamos obteniendo. Gracias una vez más; no desfalleceremos.

Los lectores deben saber que este periodista que les escribe cada domingo en esta sección, el director del medio, es uno de los ocho infectados del periódico, y que hasta el viernes noche estuvo hospitalizado y muy bien atendido en el General de Valencia. Yo mismo se lo he confirmado personalmente a través de mensajes de móvil a más de un centenar de personas de la vida pública, interesadas por mi salud. El periódico a su vez lo ha ido corroborando a todos aquellos que llamaban para verificar la información. Normalidad y transparencia; lo mismo que exigimos a los demás. Como noticia específica, no se ha difundido hasta hoy porque el director no es más enfermo que los demás afectados. Porque el periodista no debe ser noticia. Por cierto sentido del pudor contra el exhibicionismo (aunque respeto otros puntos de vista y creo además que han sido benéficos y consoladores para la sociedad). Porque primero debía contarlo en nuestro periódico y no en una red social. Porque no tenía fuerzas para pensar y escribir con claridad; ahora ya estoy curado. Y porque en verdad considero que personalmente no tengo nada que aportar de mi experiencia individual que pueda ser distinta al de otros casos ya conocidos y divulgados.

Sin embargo, mucha gente me pide que exponga mi testimonio, que puede servir de referencia a otros en un momento de tanta vulnerabilidad colectiva. Muy brevemente, contaré las sensaciones que me han invadido sucesivamente desde del 4 de marzo. El primer sentimiento que te aborda cuando todavía te encuentras bien es el agobio, pensar que has podido contagiar a terceros, perjudicar a otros, lindando con cierta culpa. El segundo resorte que se activa es el sentido del control, de procurar dominar la situación; verificar que todo está bien atendido, en el periódico, en tu casa, en los centros educativos donde estudian tus hijos, en los contactos externos que has mantenido los días previos. El tercero pasa por algunos momentos de pánico, de temor; en tu cabeza se desatan pensamientos negativos, estimas que hay una posibilidad de que esto acabe mal, que no es normal estar una semana entera con fiebre altísima y constante, que algo se puede desbordar, que la vida es frágil como un cristal. El cuarto es la autoprotección; esto va a ser largo y desesperante y precisas mantener la calma, la cabeza fría, poner distancia, aprovechar para dejar la mente en blanco, descansar. Y poco más. Por supuesto, desde el enclaustramiento, cuando has superado lo peor y recobras la serenidad, te vienen muchas reflexiones vitales, íntimas, lejanas. Me quedo con la idea poco original de que el coronavirus nos está poniendo a prueba a todos, como sociedad y como individuos, a cada cual en lo suyo, una prueba de las de verdad por la que no hemos tenido que pasar en dos generaciones. Veremos grandeza en muchos de nosotros; grandeza de altura que nos iluminará y servirá de guía. Animo desde aquí a los enfermos, a sus familias y a nuestro valiosísimo cuerpo sanitario; de esto se sale, pero también me acuerdo del millar largo de españoles que están muriendo solos y cuando no les tocaba. Creo que esta crisis va a precipitar los cambios sociales y tecnológicos de la última década; los va a acelerar para bien y para mal. Me preocupa el futuro inmediato; porque puede ser cruel con los más débiles e inadaptados, sean personas, empresas u organizaciones. Me parece que el gobierno sanchista no va a saber frenar el caos que se va a desencadenar; me parece que el gobierno pablista va a pretender rentabilizar ese caos. Y callo ya, porque no quería escribir de esto todavía. Pero nuestros lectores merecían saberlo, debían saber que siguen en buenas manos, con o sin coronavirus, y que mantenemos nuestro compromiso fundacional de 1866 de ser «la voz de los que callan, la voz del pueblo que quiere ser justa, prudente y económicamente gobernado».

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