Ventana *

1. f. Abertura en un muro o pared donde se coloca un elemento y que sirve generalmente para mirar y dar luz y ventilación.

Los tres primeros minutos de ‘La ventana indiscreta’ de Alfred Hitchcock, tras los títulos de crédito, son trepidantes. La cámara se precipita por el patio de vecinos del reportero L. B. Jefferies y muestra en un solo plano ese universo de historias que esconde su casa y su vecindario. Un patio interior repleto de vivencias entre cortinas; alguna, como la que va envolviendo al fotógrafo que interpreta James Stewart, muy inquietante.

Es, en realidad una buena sinopsis de lo que ha sido el cine a lo largo de sus 125 años de existencia: una ventana a un mundo de historias repletas de pasiones y terrores, de aventuras y amores, de dramas inconsolables, silencios estremecedores, fantasías y tramas fascinantes. Historias que han calado de tal manera que, cuando algo nos sorprende en la vida real, rumiamos que parece una película.

Como nos sucede ahora que, sin acabar de creernos lo que nos está pasando, vivimos una pesadilla inesperada más propia del cine de catástrofes, de ciencia ficción o, incluso, del cine de autor. La estremecedora historia de un virus invisible que danza por el planeta haciendo añicos las fronteras y sembrándolo todo de una gélida devastación. Una historia fulgurante plagada de calles vacías, ciudadanos confinados, noticias aceleradas -cada día más contundentes y haciendo tambalear la esperanza-. La historia de una bestia que nadie logra atrapar y cabalga sin fin sembrando todo de miedos e incógnitas, de contagios y muerte.

Una desconcertante trama que vivimos desde casa, desde nuestros balcones, intentando combatir desde ella al monstruo con nuestra precaución: dándole cerrojazo, evitando encontrarse con él cara a cara, esquivando sus fauces en nuestros escondites; siendo fuertes y leales, solidarios y precavidos; dando alas a nuestro ánimo, aplaudiendo y dejando sonar acordes que llenen de luces la penumbra. Gritos emocionados para alentar a nuestros héroes; esos que, como en todas las películas, tampoco faltan en esta: soldados con batas verdes; gladiadores con mascarillas que desinfectan el asfalto; taxistas y quiosqueros, agricultores y proveedores, dependientes de supermercados y científicos buscando una vacuna que acabe con él.

El final llegará porque, como auguran pancartas colgadas en los balcones de la ciudad cerrada, «todo va a ir bien». La fiera caerá, se difuminará en medio de su invisibilidad, y el vendaval de libertad que siempre nos ha acompañado nos volverá a abrazar. Habrá luz más allá de las ventanas; y las calles volverán a llenarse de sus gentes; y los niños tomarán los parques; y los besos aplazados aflorarán eternos… como en las películas.

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