Tiempo de silencio

Estos días ha circulado -de la única manera que se puede circular en esta situación, es decir, por las redes sociales- la fotografía de una pancarta, colgada sobre la puerta de una casa, que dice lo siguiente: «La romantización de la cuarentena es un privilegio de clase». Como siempre, la sabiduría popular explica las cosas de forma más certera que nadie. Poder quejarte de tener que teletrabajar mientras cuidas a tus hijos en casa es un privilegio. Hacer ejercicio en tu vivienda es un privilegio. No pasar el aislamiento en soledad es un privilegio, probablemente el mayor de todos. En los tiempos que corren, hasta ver la calle por una ventana al exterior es un privilegio. Los metros cuadrados suficientes para una vida plena, la compañía y el aire puro son tres grandes privilegios que no todo el mundo se puede permitir en estos momentos de angustia y Paracetamol. Pese a ello, casi todos los mensajes de coach de baratillo, casi todas las lecciones morales y casi todas las quejas frívolas surgen del mismo lugar: de los balcones de los afortunados.

Los clamores de apoyo a la sanidad pública y a quienes se lo están currando más que nadie para que todos salgamos adelante son fabulosos. La cacerolada contra la monarquía, lo reconozco, me sacó una sonrisa. Incluso las canciones, los juegos infantiles y los ligoteos intervecinales tienen su gracia cuando cada día tenemos que inventarnos mil maneras de no volvernos locos. Pero también necesitamos silencio. Silencio para comprender hasta qué punto las diferencias económicas se agudizan cuando todo va mal; para reconocer desde dónde impartimos cátedra, y a quiénes, y de qué modo; silencio para respetar a los que lo tienen más difícil.

Leave a Reply