Recuperar rituales

Añoro los felices tiempos donde nos salpicaban problemas como el mosquito tigre. Aterrizaban los suaves calores masajeando nuestras sienes y estallaba la grave crisis del mosquito tigre. Se le dedicaban páginas y minutos de televisor a ese pequeño chupasangre. Su afilado peligro atropellaba nuestra exquisita sensibilidad. Un médico amigo, curtido en urgencias, me comentaba que algunas personas acudían a ese servicio cuando recibían una picadura. «Pónganme una pomada, que para eso están ustedes…». La caradura de algunos no conoce límites y, a lo mejor, cuando esto pase, convendrá implantar medidas para evitar los desacatos.

Pero ya que estamos en el apartado de los succionadores de sangre se ha colado una noticia de refilón: inician la campaña para que paguemos el tradicional impuesto sobre la renta. En años anteriores este trance lograba irritarme. Ahora ya no. Por varios motivos. El primero es que entiendo que ahora más que nunca el Estado necesita la vitamina de nuestros impuestos, sólo espero que sean capaces de distribuir correctamente la pasta que saldrá de nuestros bolsillos. La gestión de los dineros públicos, en esta triste época, resulta fundamental y deseo que mantengan el sentido común que la mayoría de los ciudadanos proyecta. Pero además, lo que solía suponer un palo anual, un cañazo, un trallazo, una operación para esquilmar al prójimo, se convierte ahora en un síntoma de rutina, y cualquier jirón que nos traslade hacia las viejas costumbres cobra una significado especial que nos ancla hacia la realidad y nos permite, siquiera un poco, huir de este penoso encierro físico y mental. Nos les diré que voy a pagar brincando de alegría como un acróbata del Circo del Sol, pero recuperar el ritual, aunque sea el de la renta, me causa un peculiar gustirrinín teñido de cierta tranquilidad.

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