Los anónimos

Todas las tardes salimos al balcón a aplaudir a los sanitarios, personal de limpieza, miembros de las fuerzas de seguridad, cajeros de supermercado o camioneros, es decir, a todos los anónimos que nunca conoceremos pero evitan que esto sea un infierno. Cada tarde, los vecinos de una calle aledaña a la mía montan mucha gresca. Se lo pasan bien, ponen música, se gritan unos a otros y se ríen. No me parece mal. Cada cual busca su propia válvula de escape como puede. En mi caso, como no tengo otra vivienda enfrente, miro al cielo y visualizo a quienes más están sufriendo en estos días. Y rezo, sí, rezo. Digo bajito «mare dels bons valencians…» y Ella ya sabe. Porque estamos ahítos de cifras, de curvas y de declaraciones pomposas pero apenas tenemos imágenes. Ni de enfermos, ni de UCIs ni de urgencias. Supongo que es mejor; primero, por el respeto a los afectados y sus familias y después por mantener alta la moral de la retaguardia, como diría el Jefe del Estado Mayor de la Defensa que nos habla como a soldados en las ruedas de prensa. Sin embargo, es inevitable que se cuelen desde otros lugares como Italia.

De allí hemos visto a pacientes intentando tomar aire de un respirador o pasillos llenos de camillas, sillas o cualquier cosa para poder atender a alguien. No es necesario verlos ni ponerles delante una cámara. Basta con ver los camiones del ejército saliendo en fila, por decenas, para trasladar féretros a otras localidades porque en Bérgamo no hay ni sitio. O basta con saber, por una enfermera, que algunos pacientes piden que les den la mano. Es suficiente para imaginar el padecimiento de sufrir solos mientras la familia, en casa, padece por ellos y por sí misma. Así, mientras aplaudo a tanta gente abnegada que combate y consuela, me traslado a esos escenarios de un dolor que permanece oculto en el relato diario pero es, en definitiva, lo más real que tenemos. No sabemos sus nombres ni cuántos son de familia. No sabemos si vivían en una residencia o estaban en casa. Lo único cierto es que ellos y sus familias están sufriendo y no pueden abrazarse para llorar juntos. Ni siquiera pueden despedirse de su ser querido. Frente a eso no hay bronca política ni polémica que importe nada. Todos ellos son anónimos y, probablemente, no conoceremos nunca sus nombres ni sus historias. Por eso yo, cuando los encomiendo a la Virgen de los Desamparados -no hay más desamparo que morir solo-, pido por «els bons valencians» y en ellos están todos los demás sea cual sea su origen. Aunque para mí lo sean, para Ella no son anónimos.-

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