Las muertes silenciadas

Un 40% de los pacientes con coronavirus permanecen aislados en las habitaciones de los hospitales. No tienen contacto directo con los suyos. El móvil no suple la ausencia del tacto o el calor de un abrazo. Para el enfermo es difícil, pero duro es también para la familia. Y más aún para quienes tienen a un ser querido en una unidad de cuidados intensivos.

Es difícil salir de la UCI cuando las enfermedades que lastran la salud se complican con el covid-19. La cifra de fallecimientos es imparable. Detrás de cada uno, hay un dolor difícil de describir. La familia no se ha podido despedir de su padre o de su madre o de su esposa o de su marido o de su hermano.No lo ha podido ver desde hace días, o como mucho, desde una cristalera, postrado en una cama, intubado y prácticamente inconsciente. Y lo han tenido que dejar marchar desde lejos, sin poder cogerle la mano o mirarle directamente a los ojos.

Carmen, valenciana, está desolada. Su prima falleció el lunes pasado. Estaba ingresada en un hospital de Madrid con coronavirus. Se infectó en una residencia de mayores. Tenía síndrome de down. «Ha muerto como un perro», lamenta Carmen.

Mariano Navarro, psicólogo especialista en catástrofes, aconseja celebrar ceremonias por los finados cuando todo se normalice

La familia directa la veía, postrada, a través de una cristalera de la UCI. «Ha sido muy duro no poder acompañarla en la enfermedad», relata Carmen. Estaba en la cama, sedada. La madre sí se acercó y ahora ha dado positivo. Esta hospitalizada. «Es un doble drama», dice Carmen.

«Se rompe nuestra cultura, la de poder acompañar a los tuyos hasta su último momento. Eso es algo que no hemos podido hacer con mi prima», comenta afligida.

Carmen no pudo ir a Madrid para despedirla. Pero nadie le pudo dar el último adiós. No hubo paso por el tanatorio ni se pudo velar el cadáver. El cuerpo sin vida «fue directo del hospital al crematorio». Y allí les esperaba una nueva sorpresa. «Les dijeron que tardarían un mes en darles las cenizas porque podían contagiar», afirma extrañada.

La familia de José Noguera, un dianense de 87 años, protagoniza otro de los dramas ocultos. Vivía en Madrid desde hace décadas. El lunes estaba bien y habló por teléfono con su hermana que vive en Dénia. El martes ingresó en el Hospital Nuestra Señora del Rosario. Se encontraba mal. Le hicieron las pruebas del coronavirus y dio positivo. «A nadie de la familia le dejaron entrar a verlo por el protocolo de seguridad», cuenta su sobrina, Isabel Ferrando. Al poco de ingresar quedó inconsciente. Ayer falleció. «Ha muerto solo, sin su familia. Se ha ido en tres días», cuenta Isabel como si aún no lo creyera.

Las restricciones para los entierros de personas fallecidas con el coronavirus son generalizadas. Y en Valencia se aplican a rajatabla. Son medidas que pueden parecer duras a los familiares. «Hay un protocolo muy claro que hay que seguir de forma estricta», afirma Cayetana Fermín, de la funeraria La Esperanza.

El cadáver tiene que introducirse en una bolsa estanca en el hospital y los operarios de la funeraria ya lo colocan en el ataúd. «El cuerpo no se puede preparar», indica Cayetana. Eso supone que al finado no se le puede vestir ni maquillar ni peinar.

Y del hospital, transcurridas las 24 horas desde su fallecimiento, «se traslada el cuerpo directamente al crematorio, aunque también puede ir a un nicho del cementerio», afirma.

El traslado directo del hospital al crematorio o al nicho supone otro duro golpe para la familia. «No hay velatorio ni misa ni ceremonia ni nada por el estilo», cuenta Cayetana. En el crematorio «dejan ir sólo a 10 personas».

«La prohibición de poder realizar un sepelio tradicional es un factor añadido que complica todavía más la aceptación de la realidad de la pérdida y, por tanto, el comienzo de la elaboración del duelo», asegura Mariano Navarro, psicólogo clínico, presidente de Psicoemergencias. Aconseja que cuando la situación se normalice se realicen ceremonias de despedida para «favorecer el cierre de una de las primeras etapas» del duelo.

Este psicólogo clínico, especialista en catástrofes, indica que la inmediatez de las muertes con coronavirus «no permite la aceptación de la enfermedad y las consecuencias de esta, por lo que el duelo posterior de los familiares se prevé complejo y con mayores dificultades para su elaboración».

Considera que el familiar va a experimentar «la frustración y la rabia» provocada por aquellos a los que va a responsabilizar de esta crisis por no haberla gestionado de manera más efectiva.

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