No es la monarquía, es la democracia liberal

En España hay muy pocos monárquicos pero lo que sí hay en muchos sectores sociales es un miedo casi atávico a la palabra ‘república’. Los dos fracasos anteriores de la experiencia han convencido a muchos ciudadanos de que al frente de la Jefatura del Estado es preferible poner un rey, con un sistema hereditario de sucesión, que a un presidente. Felipe VI no va a encontrar en estos momentos grandes apoyos ni puede soñar con que las personas confinadas en sus hogares salgan a aplaudirle para contrarrestar el efecto de los que hacen sonar sus cacerolas. La monarquía no concita pasiones ni ardorosas expresiones de adhesión a la causa. Y mucho menos cuando los datos objetivos dejan un rastro demoledor y desolador del que ha sido uno de los grandes artífices de la transformación de España desde una dictadura obsoleta a una moderna democracia. El movimiento de Felipe VI al repudiar a su padre, Juan Carlos I, es tan inteligente como necesario, pero el desprestigio de la institución a ojos vista de los españoles y más en estos momentos de ansiedad y zozobra, de incertidumbre e inquietud, es difícilmente reparable. Proponer la instauración de una república en España es perfectamente legítimo, siempre y cuando se promueva a través de los mecanismos constitucionales previsatos. Pero hay que tener claro quién va a estar al frente de este movimiento que trata de sacar ganancia del río revuelto, de esa conjunción entre la crisis del coronavirus y el escándalo de los negocios del rey emérito: los amigos de Maduro, los que callan ante los crímenes de Daniel Ortega, los que mantienen siempre un doble discurso según el régimen de que se trate sea amigo o enemigo ideológico. Y no hay que olvidar nunca quiénes van a ser (lo son ya) sus aliados: los que quieren romper España en pedazos para proclamar la república catalana, el Estado vasco, el País Valencià asociado a los països catalans… No es monarquía o república lo que puede estar en juego, es el asalto al Estado, a la democracia liberal, a la Constitución del 78 y al régimen de libertades que tanto ha costado construir lo que se intenta demoler poco a poco, desde los balcones y, sobre todo, desde las instituciones que ya controlan algunos de los promotores de esta revolución. Todo ello con la imprescindible colaboración de los apóstoles de la correción política, cooperadores necesarios de esta operación. Ni la monarquía ni Felipe VI van a tener a su lado muchos defensores pero sería bueno que los que alegremente se suman a movimientos que parecen espontáneos reflexionaran acerca de qué es lo que están apoyando.

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