La mascarilla que tanto necesitamos

El país que mejor ha afrontado la epidemia del COVID-19 no es China. El país que mejor lo ha hecho ha sido Corea del Sur. ¿Qué ha hecho diferente de los demás países? Pues en lugar de plantear un confinamiento total, ha obligado a toda la población a usar mascarillas continuamente, tomas de temperatura masivas y test de detección gratis extensivos a toda la población sospechosa (hasta 19.000 diarios). También reclusión en un hotel de los contagiados y de sus contactos consiguiendo con ello amortiguar la curva de contagios.

Los coreanos conocen desde el 2015 este tipo de virus, y lo ocurrido en China les da la razón. Es muy urgente aumentar radicalmente el número de test diagnósticos e identificar a la persona sana que puede infectar y aislarlo para controlar plenamente el virus. Como ha expresado el Director de la OMS: «No podremos frenar esta pandemia si no sabemos quién está infectado».

Sin embargo, en nuestro país apenas hemos hecho unos 30.000 test en total, con unos criterios que van por detrás del número de contagiados, como el Coyote tras el Correcaminos. Hay que cribar cuanto antes a toda la población, empezando por las zonas afectadas y en especial a todo el personal esencial, que aun sin síntomas podemos infectar involuntariamente. Ganemos terreno y tomemos la delantera.

Y para protegernos y proteger necesitamos medios. No disponemos de suficientes mascarillas ni equipos de protección, pero vemos en la televisión a las cajeras de los supermercados, a los empleados de farmacia y a muchos otros trabajadores con su mascarilla, lo cual es perfecto; y aún más, vemos a los soldados de la UME, que en su encomiable labor, cuando limpian una estación de Ave con agua y lejía, usan equipos completos de protección. En cambio a los sanitarios de todo el país, se nos transmite que no usemos mascarilla habitualmente durante todo el tiempo que estamos en el hospital porque hay pocas y las vamos a necesitar cuando haya más pacientes ingresados.

Y esta no es la realidad. La cruda realidad es que a los sanitarios, a diferencia del resto de los trabajadores, cuando se nos reduce el sueldo, se nos dice que tenemos que seguir porque es nuestra vocación, cuando tenemos contratos mes a mes, por vocación, cuando se nos reduce la jornada laboral, por vocación, cuando hacemos guardias interminables por un sueldo escaso, por vocación, cuando arriesgamos nuestra salud, por vocación. Y esto es verdad, nosotros tenemos vocación, de hecho vamos gustosos a los países del tercer mundo en nuestro tiempo libre, con las manos vacías, y, sin duda alguna por nosotros, si no tuviéramos ningún medio, ningún paciente se moriría porque lo trataríamos aunque fuera tapándonos la boca con un simple pañuelo.

Y yo me pregunto ¿cómo es posible que un país que tiene empresas que visten a medio mundo y que si la mascarilla se hubiera convertido en un artículo de moda, habrían producido millones en poco tiempo, un país que tiene empresas de ingeniería a nivel mundial y un sector farmacéutico de primer orden, no sea capaz desde el momento que ya sabemos lo que va a pasar de producir las mascarillas y equipos EPI, un respirador (aunque sea sencillo) o los test que tanto necesitamos?

Agradecemos los aplausos del pueblo a las 8 de la tarde, y los elogios de los políticos al «personal sanitario», «nuestro sistema sanitario», «lo mejor del mundo», todo eso está muy bien.

Pero ahora lo que verdaderamente necesitamos son: test diagnósticos, equipos de protección y respiradores. No solo para protegernos estando tan expuestos, sino para que podamos cumplir con nuestro trabajo: curar a los pacientes.

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