Gracias

Podría aprovechar este espacio para disparar una ráfaga de críticas por la gestión del corononavirus. No lo voy a hacer. No aportaré nada de lo que ya no sepan o piensen. Pero sí puedo dar las gracias. A mi prima Cristina, que es enfermera en un hospital de Valencia y lleva días luchando contra el virus y la psicosis. Y a su marido José Luis, que en otro hospital sigue en pie en la misma batalla. Pelean a veces sin los medios necesarios, sin la protección adecuada y con el deber de prestar atención a los enfermos sin pensar en uno mismo. También le doy las gracias a mi prima Ana, empleada en una gran cadena alimentaria. Cada día ha ido a su puesto de trabajo para que a sus convecinos no les faltara de nada. Ha lidiado con una situación irreal contra la locura, el egoísmo y la irracionalidad. Es madre de un niño pequeño pero ha pisado fuerte cada día para llenar las neveras del supermercado. Su esposo, Miguel, es otro ejemplo. Conductor de autobús, al volante cada día que ha hecho falta para llevar a aquellos que no tienen con qué desplazarse. Le doy las gracias a mi hermano David, agente de la policía local, que sale a la calle para tratar de civilizar el surrealismo, para informar de que hay que estar en casa y obligar a los irresponsables a abandonar la calle. No los voy a catalogar de héroes, porque esto no va ni de superhombres ni de supermujeres. Esto va de ser responsables, de la lealtad a un protocolo y de seguir unas normas fundamentales para salir de esto lo antes posible. Frente a ellos, frente a nosotros, aquellos que salen a la calle sin perro, que burlan las recomendaciones. La crisis del coronavirus también nos enseña que en el mundo hay unos pocos imbéciles, capaces de todo para poner en riesgo nuestro futuro. Mi madre y mis suegros, personas ya mayores, encarnan a las madres y padres de todos nosotros. Los más afectados por el virus siempre dan un ejemplo de saber estar. Encerrados en casa cautivos de una pandemia que ha convertido las calles en un plató de ciencia ficción. No hubo en el Congreso mayor dignidad que la de la empleada que desinfectó la tribuna de oradores después de cada intervención. Ella nos enseñó que la política es mucho más fácil, sólo hay que hacer lo que los ciudadanos esperan de nuestros gobernantes. Gracias a mis amigos y amigas que me alegran el día en cada grupo de whatsapp. Los mismos que a ustedes les sacan una sonrisa. Gracias a los que compran a sus vecinos mayores, a los que tocan a la puerta por si necesitan algo. A los transportistas que siguen al volante para que todos podamos sobrevivir. El mundo necesitaba parar y nos ha frenado en seco. Gracias a los que trabajan para lograr una vacuna que salve a los nuestros. Sólo pido que este tsunami de solidaridad no se quede después en un baúl de los recuerdos. Esta lección nos debe servir para multiplicar los afectos. Esto pasará.

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