Días de encierro del museógrafo insomne

Desde que Marcel Duchamp expuso un urinario en un museo en 1917, nada volvió a ser lo mismo. El dadaísta puso los cánones estéticos patas arriba y demostró que cualquier objeto cotidiano podía ser considerado una obra de arte. Sin Duchamp no existirían las vanguardias y la vida de Manuel Borja-Villel sería mucho más aburrida. Este crítico de arte dirige desde hace doce años el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, lo cual es un gozo con una pizca de pesar, porque sobre la institución pesa una «leyenda negra». «Al ministro de Cultura de turno siempre le gusta más el Prado que el Reina Sofía. Quizá tenga que ver con que en el primero los artistas están muertos».

Lunes

8.00 horas. Con cuarentena o sin ella, me cuesta mucho levantarme. Siempre he sido insomne; hubo una época en que leía tanto que me acostaba muy tarde y como sabía que iba a ser difícil conciliar el sueño, retrasaba el momento de irme a la cama. ¿Por qué sufrir? Para despertarme me tomo literalmente una cafetera entera, un litro de café, y entre sorbo y sorbo leo el periódico en el iPad. No enciendo la radio porque me aturde.

9.45 horas. Hago una breve salida a la calle y el panorama me recuerda a esas pinturas de Edward Hopper donde hay muy poca gente y cada uno se mueve sin relacionarse con los demás.

18.00. En el museo todos somos muy puntillosos. La jefa de informática está viendo cómo podemos aminorar la cuenta del teléfono porque, a raíz del aislamiento, estamos todos constantemente conectados. Es preciso rehacer el calendario, volver a planificar cosas y adaptarse a la nueva situación

21.30 horas. Antes de esta reclusión nadie quería salir a tirar la basura y ahora hay peleas por hacerlo.

Martes

8.00 horas. No desayuno en familia, cada uno tiene horarios distintos. Y además, desayunar conmigo es como hacerlo con un mueble. Si coincidimos, mi mujer y mi hijo evitan hablarme.

«Si antes queríamos que la gente viniese al museo, desde la epidemia buscamos que el Reina Sofía entre en las casas» MANUEL BORJA-VILLEL

10.00 horas. La epidemia ha supuesto un cambio radical en el museo. Su cierre y el confinamiento han trastocado todo. Si antes queríamos que la gente viniese al museo, ahora buscamos que el Reina Sofía entre en las casas. Por lo demás, aquí siempre ha habido crisis, minicrisis y momentos de disrupción, conflictos de todo tipo: ¿cómo se restaura una obra de arte efímero? Andy Warhol dirigió una película que dura 24 horas. ¿Qué hago para poder exhibirla? Soy muy obsesivo y despistado.

12.00 horas. Ayer celebré una reunión por Skype con responsables de museos europeos con los que formamos un grupo llamado La Internacional. Hablamos de que algunos artistas ya se plantean que este confinamiento en que está inmersa Europa obliga a redefinir y entender el espacio público de una forma nueva.

23.30 horas. Dejo de recibir mails. Me dedico entonces a leer y escribir mis cositas, como los ensayos que he reunido en ‘Campos magnéticos’. Ya es mala suerte: he tenido que cancelar la presentación del libro. Cuando escribí el anterior, la editorial quebró, no creo que fuera por mi culpa. En el siguiente que saque seguramente me romperé un brazo.

Miércoles

9.00 horas. La convivencia en tiempos del coronavirus no es para nada conflictiva. Nuestra casa está distribuida en tres ámbitos, dos dormitorios y un salón, como la teoría de conjuntos. Tan pronto estamos tres en una habitación como cada uno en la suya. Vivo en la calle Amor Dios, en Madrid, muy cerca de la Filmoteca Española, con mi mujer, Yolanda Romero, conservadora del Banco de España, y mi hijo, que es muy preguntón. Lo habrá heredado de mí. Cuando mi padre se enfadaba conmigo, me decía: «solo deseo que tengas un hijo como tú».

12.40 horas. Hacemos un par de videollamadas al día para ver a mi nieta, antes de comer y después de la siesta.

13.40 horas. Hago una brevísima visita al museo para firmar unos papeles. No exagero si digo que tengo los tacones de los zapatos desgastados de recorrerme las salas una y otra vez. Conozco el Reina palmo a palmo. Invito al público a que vea el monográfico sobre el ‘Guernica’ que está alojado en la web del museo. Me fascinan las lenguas como lanzas, son la representación del grito y la palabra. El papel de la mujer en este cuadro es muy importante, ella es la encarnación de la lucha contra la barbarie. Picasso, considerado un misógino, seguramente lo fuera. Pero en el ‘Guernica’ confiere a la mujer un papel protagonista, los pechos son como bombas; los pezones parecen espoletas.

Jueves

10.00 horas. Los días se me hacen supercortos. Voy de una habitación a otra mientras escucho las sonatas de Schubert.

22.30 horas. Vemos una película de Hitchcock que se llama ‘La soga’. Muy oportuna. Hace dos días vimos ‘Todos vosotros sois capitanes’, de Oliver Laxe. Echo de menos las películas extraordinarias de Andrzej Wajda que exhibían en la Filmoteca, a la que bajábamos casi en pantuflas. Me eduqué en los salesianos, de modo que no me sale ser frívolo. Mi única extravagancia son los filmes de serie B que tienen que ver con vampiros y extraterrestres.

Viernes

18.30 horas. Repaso papeles. Ahora concretamente estoy en el dormitorio y la cama está llena de cosas. Aunque mi despacho parezca un caos por los libros e informes arrumbados, sé donde esta cada cosa. Un bibliotecario diría que mi método es absurdo, pero a mí me sirve: ordeno los documentos por la intensidad del conflicto. Aquella zona tiene tensión, en la otra el conflicto es mediano, el lugar donde recibo está despejado…

2.30 horas. Para dormir me tomo un lormetazepam -lo hago desde hace mil años- y leo hasta cansarme. No tengo ningún ritual, si acaso le pido a Yolanda que no me haga preguntas dramáticas del tipo «¿Tú crees que lo nuestro tiene futuro?».

Leave a Reply