Apuntes desde mi encierro

En qué mal momento ha estallado el escándalo del rey emérito. Quien fuera icono de la transición y un baluarte de la España democrática, se ha inmolado finalmente. El fin de su reinado ya contempló una decadencia que nos llenó de estupor, pero seguía siendo el rey que ayudó a desmantelar el franquismo y detuvo el 23-F. Ahora, sea cual sea el resultado de la investigación sobre su fortuna, su hijo le ha repudiado. ¿Será suficiente ese gesto para preservar el prestigio de la monarquía? Su discurso a la nación al modo «sangre, sudor y lágrimas», aunque corto, era necesario, pero todos escuchamos una cacerolada de repulsa desde las ventanas. Fue, sin duda, el día más aciago para el rey.

Esta pandemia conlleva un experimento social. La delincuencia común va a descender como nunca (no hay nadie a quien asaltar), como ya lo está haciendo la polución. Pero, ¿qué pasará con la violencia en la familia? Aquellas mujeres que tenían el alivio de sus horas fuera de casa por el trabajo, o por el empleo de sus parejas, están obligadas a convivir las veinticuatro horas. ¿Será capaz el miedo a ese virus de enfriar las inquinas y los hábitos viciados en la relación? ¿Y los cibercriminales? ¿Se dedicarán más a intentar robar o extorsionar a la gente dado que no tienen otra cosa que hacer?

Este arresto domiciliario se ve acompañado por la necesidad de aislarse. Las dos cosas que más sirven para combatir el estrés las tenemos prohibidas: la expansión y el deporte y la socialización. La lucha requiere fortalecer la mente y el cuerpo, porque el combate se presenta en cumplir todos, a modo de cortafuegos de la expansión, nuestra labor como ciudadanos. Pero es necesario. Una de las causas de las decenas de millones de muertos de la llamada ‘gripe española’ que azotó al mundo entre 1918-1919 fue, entre otras cosas, que los gobiernos no se tomaron en serio el mantenimiento de las órdenes de aislamiento, leo en el New York Times.

Así pues, todo se centra en la resistencia, en pensar que esto es solo una pesadilla que pasará en unos pocos meses. Es posible que el mundo ya no vuelva a ser lo que era antes de esta pandemia, pero nadie puede vaticinar cómo será dentro de cinco o diez años. Ahora literalmente todo se ha parado. Tiempo habrá para sacar lecciones de esta amenaza global. Lo fundamental ahora es aguantar, apuntalando la esperanza. La solidaridad en tiempos de amenaza grave nos une y nos da la perspectiva real de las cosas. Si solo pudiéramos recordar, cuanto todo haya pasado, que hay tantas cosas cuando la vida florece que se pueden hacer mejor.

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